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lunes, 10 de junio de 2013

'Senso'



No por casualidad ‘Senso’ -1954- de Luchino Visconti comienza con una escenificación de ‘Il trovatore’ en La Fenice en la que se canta ‘Contigo he de morir. ¡A las armas¡’. Como sucede en otras películas de su filmografía como ‘El gatopardo’ -1963- aquí se combinan Historia, música, alusiones pictóricas y decadencia.

En plena guerra entre el imperio austrohúngaro e Italia, la condesa Livia Serpieri conoce al soldado austríaco Franz Mahler. Pronto se convierten en amantes que pasean por una Venecia crepuscular que ya anuncia, mediante esa fotografía gris y tormentosa, la tragedia inminente. Como crepusculares fueron también los paseos de Gustav von Aschenbach por esta ciudad en ‘Muerte en Venecia’ -1971-, aunque con distintas connotaciones.

Se escribieron hasta tres guiones para este film basado en un relato de Carlo Boito. Según lo estipulado el rodaje debía durar tres meses, pero como ocurría a menudo con este realizador, se prolongó hasta el triple de ese tiempo.
En la trama la condesa Serpieri –Alida Valli- muestra un amor vehemente e ingenuo por el mencionado soldado –Farley Granger-, mucho más joven que ella, retorcido y movido únicamente por el interés económico.

‘Senso’ no resultó premiada en 1954 en el Festival de Venecia, ya que buena parte de la crítica la entendió como un clásico melodrama amoroso sin tener en cuenta su complejidad ni las interesantes referencias culturales y estéticas que contenía.
(Spoiler) En el último tramo del filme observamos la decepción devastadora de Livia que descubre al auténtico Franz cuando lo abandona todo –incluso a su marido- para buscarlo: entonces se topa con un hombre bebedor y esperpéntico que no oculta su verdadera condición, la de quien vive de mujeres como ella y del juego, un hombre que se hace entonces real lejos de cualquier fantasía romántica, el mismo que poco tiempo atrás y en un destello de sinceridad le había susurrado a su compañera ‘No merezco que me quieras. En realidad nadie debería quererme’.


Esta obra entraña un fiel reflejo de los constantes valores absolutos de Visconti, las fuerzas de una pasión que ya se evidenciaban en él mismo porque ‘su energía era casi excesiva’, tal y como señalaba su guionista Suso Cecchi d’Amico, y además ‘en sus períodos de actividad tomaba un café tras otro. Lo preparaba él mismo con infinito cuidado; las dosis eran tales, que la primera vez que Franco Mannino lo bebió con él no durmió en una semana. (…) Se entregaba por entero sin economizar sus fuerzas, era generoso en todo’(*) recordaba su hermana Uberta.


Y de la misma forma que este director resultaba desmedido tanto en lo positivo como en lo negativo, el propio personaje de la condesa Serpieri pasa en esta historia del amor entregado a la decepción, y del ultraje padecido a la venganza. Quizás el culmen del drama se condensa en la secuencia final de Livia corriendo entre la oscuridad y la sordidez de las calles de ese país en guerra, mezclándose con militares borrachos y prostitutas, y despeinada y desgarrada cuando ya no puede revertir esa venganza fatal hacia su amante (fin de spoiler).



Estamos sin duda ante una película muy interesante, con reminiscencias operísticas y que da buena cuenta de una pasión agotadora... como agotador debió de suponer, a pesar de todo, ser Luchino Visconti.

(*)SCHIFANO, L. Luchino Visconti: el fuego de la pasión.

lunes, 4 de marzo de 2013

Una vida normal

Cuando Bernardo Bertolucci llegó al mundo del cine en su país, éste estaba copado casi en exclusiva por nombres tan insignes como Federico Fellini, Roberto Rossellini o Luchino Visconti, algo de lo que él se quejaba. Sin embargo, y como demuestra “El conformista” (1970), siempre hay sitio para films que ofrecen una nueva impronta.
A mi juicio esta película resulta muy valiosa tanto a nivel formal –el montaje alternado o la fotografía- como a nivel de contenido –una sabia reflexión sobre la Italia de Mussolini-.


Argumento:

Su protagonista, Jean-Louis Trintignant, interpreta a Marcello Clerici, un errático adepto al fascismo. Y digo errático porque en su alma no late la autenticidad o el arrojo de ninguna ideología por extrema que sea. En un momento dado otro personaje le inquiere: “¿Nunca se ha preguntado Clerici, por qué la gente quiere colaborar con nosotros? Algunos lo hacen por miedo, otros por dinero…sólo unos pocos creen en el fascismo. No obstante no creo que a usted le mueva ninguna de esas tres razones”.
Por el contrario, en este atormentado Clerici palpita el odio y el ánimo de aniquilar al enemigo para saldar la venganza hacia una infancia truncada por abusos sexuales y así integrarse en la “normalidad” del signo político aceptado en su país. Además va a casarse con Giulia, una bella y sumisa joven a la que considera mediocre “para llevar una vida normal”.


Justamente en su luna de miel transcurre la operación en la que debe acometer el asesinato hacia un antiguo y querido amigo, pareja asimismo de la mujer con la que redescubre el amor –más resuelta y adelantada que la suya-. Pero el rol de Trintignant se caracteriza por su cobardía, por algo es el conformista.



El actor principal y la estética del filme:

Sobra decir que Jean-Louis Trintignant está espléndido. Su mirada, a veces hueca y otras angustiada, sus maneras apocadas y su parquedad gestual, casan perfectamente con el personaje. Llaman la atención ciertos espacios fríos e impersonales, que generalmente se relacionan con la presencia de otros individuos con quienes mantiene un ambivalente vínculo, el del fascismo y la conveniencia.
Estamos ante un clásico, el que más me ha gustado personalmente de Bertolucci.



lunes, 31 de diciembre de 2012

Distanciamiento


Si bien en la mayor parte de las biografías se pretende recoger los momentos más interesantes o destacados del personaje de turno, en “El profesor” (“Detachment”, 2011) su director, Tony Kaye, parece haber elegido centrarse e incluso regodearse en lo más dramático de su protagonista, o casi. La historia de Henry Barthes es la de un hombre que conjuga su trabajo de docente suplente que da tumbos de un instituto a otro, con los traumáticos recuerdos de su pasado a modo de flashbacks y con sus concepciones sobre la vida... concepciones éstas y teorías llenas de un dolor punzante que narra a veces él solo mirando a cámara o a alguien que se sitúa fuera de campo.

La trama transcurre en una escuela marginal de Estados Unidos con alumnos, profesores y padres devastados anímicamente. Al inicio del curso un chico se encara con Henry, el rol de Adrien Brody, estrellando su cartera contra la pared. Su respuesta ante ese hecho lo definirá: “Ese bolso no tiene sentimientos. Está vacío. Yo tampoco tengo sentimientos que tú puedas dañar”. Barthes cree no poseer la receta para cambiar nada sobre el sistema educativo, pero en este nuevo centro verá una pequeña luz al ganarse la credibilidad y el respeto de su clase, con sus aciertos y desaciertos.

Además, mediante sus paseos nocturnos por la ciudad y con el rostro derrotado y angustiado de Brody, no resulta difícil hallar una formulación de la soledad tortuosa parecida en parte a la de otra gran película de este año, “Shame”, interpretada de un modo igualmente soberbio por Michael Fassbender.
Poco a poco, ese Henry del inicio, distante e indolente, dará paso a un nuevo hombre en cuyo futuro se vislumbra un hilo de esperanza y entrega, como los cuidados que procurará a una joven prostituta.



A pesar de su innegable calidad, pienso que “Detachment” es un film sólo apto para un día en el que se tenga la suficiente entereza como para resistir su dramatismo y para comprender su sutil mensaje positivo.

viernes, 1 de junio de 2012

"Mabel no está loca. Es rara".


John Cassavetes, uno de los directores rupturistas e independientes por antonomasia en Norteamérica, dirigió en 1974 “Una mujer bajo la influencia”. La película sufrió numerosos inconvenientes para lograr su distribución y comprensión, inconvenientes estos que hallaron su solución cuando fue presentada con merecido éxito en el Festival de Cine de Nueva York. Míticas resultan ya las actuaciones que sostenían principalmente la historia, esto es, las de Peter Falk (“Colombo” para los amigos) y Gena Rowlands. Parece bastante llamativo el caso de Falk, que acabó más que harto de Cassavetes tras su interpretación en otro de sus anteriores films, “Husbands”, y que después de comprender finalmente el modus operandi del realizador se postuló para el rol de “A woman under the influence”. Por ello John Cassavetes ha pasado a la Historia como el director de la improvisación, aunque en realidad ésta se centraba sólo en dar gran libertad a los actores puesto que sí existía un guión al contrario de lo que algunos señalaban.

La cinta nos narra las desventuras de un obrero, Nick, y su esposa Mabel, que padece ciertos desequilibrios mentales. Aunque Nick procura a su manera todo lo mejor para su mujer, también ha de lidiar con su castradora madre, que convive con ellos, y con sus tres hijos. Y a pesar de la bienintencionada actitud del protagonista para ayudar a su pareja, sus acciones resultan generalmente torpes, emparentándose a veces por lo disparatado con las del personaje de Rowlands (Mabel). Incluso diría que algo tan sencillo como el estrabismo de Peter Falk (Nick) pudo contribuir a construir su papel.


La trama hubiese constituido algo simple y melodramático en manos de otro autor, pero con Cassavetes cobró una destacada singularidad por el pulso nervioso de los movimientos de cámara y planos cuya intensidad va in crescendo a medida que avanza el metraje. Especialmente veloces, vibrantes, atropellados e incluso desenfocados se muestran estos en el punto álgido del filme, cuando Mabel regresa a casa tras seis meses de internamiento en un psiquiátrico.
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Aunque “Una mujer bajo la influencia” tuvo unos comienzos difíciles hoy muchos no dudan de que su carácter magistral le otorga el reconocimiento de película de culto, el de una película brillante a nivel formal y de contenido.





miércoles, 24 de agosto de 2011

Almas grises



“Hace mucho que te quiero” (2008) es una película que cosechó innumerables distinciones y reconocimientos en su año de estreno, todo ello a pesar de contar una trama compleja y llena de matices mediante un estilo de narración cinematográfica bastante minimalista. Su título procede de una canción infantil y tradicional francesa, “A la claire fontaine”, de la que toma el verso “Il y a longtemps que je t’aime, (jamais je ne t’oublierai)”, es decir, “hace mucho que te quiero, nunca te olvidaré”. El film nos adentra en una relación de amor fraternal entre dos hermanas, Juliette y Léa, que llevan quince años sin verse, los mismos que la primera –una impecable Kristin Scott Thomas- ha estado en la cárcel por el asesinato de su hijo de seis. A lo largo de su cautiverio Juliette no recibió visitas, ya que su familia se encargó de borrar su recuerdo, avergonzados de una historia que realmente no conocían y quizás también por horror, por el qué dirán o por haberse topado con una hija que no obedecía en absoluto al constructo mental de lo que unos padres conservadores e inflexibles esperaban. Sin embargo al salir de prisión Léa recogerá e integrará a su hermana en su propia familia, con su marido, con un suegro de perenne sonrisa que no suelta palabra y que sólo lee y con sus dos pequeñas adoptadas.



Pero a lo largo de todo el metraje el personaje de Scott Thomas, torpe en su forma de relacionarse en un principio, irá revelándose como una antigua fotografía. Habrá que esperar a que el vínculo entre las protagonistas se vuelva tan férreo como en su juventud para que Juliette explique las razones de su crimen, de algún modo comprensibles para una madre. Y es que como argumenta su director, el debutante Philippe Claudel, la vida es como un tablero de ajedrez en el que en un momento las cosas parecen blancas y al siguiente negras, lo que lleva a que todo tenga un carácter relativo. Claudel se dio a conocer como guionista y escritor y en este 2011 presentó su segunda película, “Silencio de amor”.



*“Almas grises”, título de este post, se corresponde con el nombre de la primera novela publicada por Claudel.

viernes, 29 de julio de 2011

El arte de la manipulación



Hubo unos años en los que se realizaron una serie de películas de suspense prácticamente clónicas y con un igual denominador: el asesino era el mayordomo, como si de un chiste se tratase. Sin embargo en 1963, el director norteamericano Joseph Losey, que había emigrado a Inglaterra a causa del macartismo, filmó “El sirviente”, una obra radicalmente distinta de las anteriores, mucho más trabajada y elegante.

En “The servant” el criado (Dirk Bogarde) se muestra más sibilino en sus intenciones: nada de crímenes a sangre fría. Éste llegará a convertirse en un artista de la manipulación, capaz de revertir los roles señor-sirviente. James Fox interpreta a Tony, un aristócrata ocioso que busca servicio para su nueva casa en Londres. Tony está prometido y tiene grandes negocios en mente, tales como construir nuevas ciudades en Brasil. Inicialmente el mayordomo Hugo Barrett comienza su trabajo con eficiencia y dedicación, por eso sus ansias de dominación resultan en un principio casi imperceptibles. Sin embargo Barrett irá escalando peligrosamente peldaños hasta imponer de modo maquiavélico una extraña relación con Tony en la que éste hace patente una total pérdida de la voluntad, quedando a merced de la maldad pérfida de su criado.



Lo más interesante a mi juicio reside en la cuidada manifestación formal de todos los detalles que construyen la historia. Personalmente parto de la base de que esta película se enmarca en el cine manierista, plasmado ejemplarmente por Alfred Hitchcock. Así pues, al inicio del film, cuando aún la relación de los protagonistas no se había subvertido, observamos una imagen especular deformada y muy elocuente (ver foto) que ya nos anticipa de algún modo ese vínculo enfermizo. Igualmente, cuando el trato criado-señor está normalizado vemos planos medios, pero en el proceso de manipulación de Barrett hacia Tony los planos se acortan (primeros planos), mostrando la diversión despiadada en el rostro de uno y el terror e inseguridad en el del otro.



En cualquier caso, pienso que esta película no hubiese alcanzado su cénit ni verdadera notoriedad de no ser por la presencia impagable de Dirk Bogarde. Este actor inglés siempre se caracterizó por su refinamiento y la belleza física de su juventud, así como por su valentía y talante intelectual, el mismo que deslumbró a un Visconti a veces soberbio, que lo trató siempre como a un igual en los rodajes de algunas de sus más destacadas actuaciones (“La caída de los dioses” o “Muerte en Venecia”).

domingo, 6 de febrero de 2011

El amor en la indigencia



En 1988 se inició uno de los rodajes más controvertidos de la Historia del Cine europeo, el de “Los amantes del Pont-Neuf”(1991). La película contaba desde un principio con un director muy polémico y bastante temido por los bancos, el malogrado artísticamente Leos Carax. El film tardó casi tres años en concluirse y cayeron hasta tres productores diferentes ante la constante necesidad de ampliar el presupuesto, que requirió de la recreación en forma de decorado del mencionado Pont-Neuf en la localidad de Lansargues.
Los desastres no residieron sólo en lo económico –con constantes críticas de la prensa ante el desconcertante gasto de dinero público- sino también en los componentes del equipo, cuyas relaciones personales se dañaron enormemente como resultado de mantener a un gran número de personas expectantes y sin posibilidad de trabajar en otros proyectos mientras tuvo lugar la elaboración de la cinta.



Por otra parte, lo que nos cuenta “Los amantes del Pont-Neuf” no queda del todo claro en cuanto a que a veces es difícil averiguar si estamos ante una tragedia que se torna en un peculiar cuento de hadas o al revés. Probablemente se puede decir que se juega con estas dos constantes durante casi todo el metraje.

(Spoiler) En esta historia Carax nos habla primeramente de Hans y Alex, dos vagabundos que deciden instalarse en el mencionado puente parisino mientras duran las obras que lo mantienen cerrado y que pretenden reformar sus pilares. Ambos parecen haber vivido siempre en la calle, o quizás estar hechos para sobrevivir en una turbia libertad, la de dos hombres que roban para comer, se emborrachan con vino barato y duermen a base de unos somníferos que el viejo Hans –viudo y ex vigilante del Louvre- atesora en una desgastada caja de lata. Alex(Denis Lavant) por su parte, es un fracasado artista circense que descubrirá un nuevo mundo cuando Michelle(Juliette Binoche), una mujer con una enfermedad que la está dejando ciega, entre en ese hermético puente.

El personaje de Binoche, que ha terminado por elección en la calle tras un fracaso amoroso, se nos muestra como un ser sensible que pinta como una forma elegante de sobrellevar su dolor, que pierde torpemente los dibujos que se desprenden de su carpeta porque ya apenas puede distinguir vagas formas y colores... La única magia capaz de romper esta esfera sórdida la encontraremos en el amor que surgirá entre ambos, un amor que Alex le ofrecerá a su compañera con los rudos aunque sinceros afectos de un hombre asalvajado. Sólo cuando este último descubra que el padre de Michelle busca a su hija con urgencia, veremos el lado más oscuro, egoísta o desgarrado de este curioso amante (fin de spoiler).



En cualquier caso, me parece innegable que Carax logró rodar una película única y que basa su bella y singular estética en el áspero mundo de la indigencia.

martes, 25 de enero de 2011

Mala sangre



En un corto espacio de tiempo he visto dos películas como “M, el vampiro de Dusseldorf” de Fritz Lang y “El carnicero” de Claude Chabrol. Nunca había reparado en cómo ambos tratan temas como la muerte a través del asesinato, que bien puede tener su origen en la simple maldad, en la locura o en el más descarnado nihilismo.
En lo que respecta al austríaco Lang, sobra decir que fue previamente el autor de la mítica “Metrópolis”(1927) o del “Dr. Mabuse” y que a raíz de la propuesta de Goebbels –ministro de comunicación de la Alemania nacionalsocialista- de dirigir los estudios UFA, adscritos al nazismo, decidió emigrar a EE.UU., donde realizó films como “Deseos humanos” o la también clásica “La mujer del cuadro”, mediatizados siempre por los dictámenes de Hollywood y en los que no expresó de forma tan manifiesta su creatividad como en su etapa europea.
Por otro lado, el recientemente fallecido cineasta C. Chabrol surgió de esa fructífera hornada de críticos de cine de la inapelable revista “Cahiers du cinéma”, que conformaron en parte la Nouvelle Vague –de ellos tan sólo queda vivo el francosuizo Jean-Luc Godard-. Además de hablar a lo largo de su filmografía acerca de la burguesía y de la falta de intimidad en las ciudades de provincias, sobre su singular obra está siempre presente una aproximación a la maldad más profunda pero aparentemente facilona –recordemos “La ceremonia”(1995) o “Gracias por el chocolate”(2000)-. Chabrol se caracterizaba además por ser un gran gourmet y por tener un insaciable apetito, lo que le llevaba a establecer en muchas ocasiones las localizaciones de sus películas en función de la calidad de los restaurantes cercanos…



Éste último nos puede dar a veces la errónea impresión de que sus personajes se construyen abocetados solamente, pero si nos fijamos en “Le boucher”(1970), el protagonista masculino, Popaul, se muestra aparentemente ocioso y distraído, aunque…verdaderamente brutal. Él conserva unos inevitables recuerdos de los horrores de la guerra en que ha luchado a la par que quiere ganarse el amor de Hélene, una bella mujer convencida de los beneficios de su soledad.

Por otra parte Fritz Lang acometió en 1931 “M, el vampiro de Dusseldorf”, la historia de una pequeña ciudad atemorizada por la aparición de un asesino de niñas. Cuando la policía dé muestras de no poder apresarlo, el crimen organizado decidirá tomarse la justicia por su mano para matar al criminal. Formalmente se observa que Lang no había olvidado del todo las interpretaciones exageradas del anterior expresionismo, e igualmente, como en “Metrópolis”, todo se vertebra por la relación entre la masa y el individuo –o al revés-.



Y quizás estos puntos en común entre estos dos grandes no sean casuales, ya que entre las reconocidas influencias de Chabrol, aparecía su adorado Alfred Hitchcock , pero también Fritz Lang y Ernst Lubitsch.
Pero ahora, tras su muerte el pasado septiembre, tendremos que desacostumbrarnos a la casi ración anual de sus intrigantes filmes y a uno de los mejores directores franceses de la Historia.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La noche de los cuchillos largos



En 1969 Luchino Visconti inició lo que dentro de su filmografía se ha conocido como su etapa alemana. Está constituída por una trilogía que comienza con la presente “La caída de los dioses”, prosigue con “Muerte en Venecia”(1971) y finaliza ni más ni menos que con la biografía de casi cinco horas de duración del controvertido rey Luis ll de Baviera (“Ludwig”, 1972). Muchos críticos le achacan cierto declive en su poderío visual en algunas de sus últimas películas, otros en su momento lo acusaron de derrochador y caprichoso en sus grandes producciones…Sin embargo creo que rascando un poco en la superficie de estos reproches, podemos encontrar, a mi juicio, todo lo contrario.
Obviamente la paleta de colores de la fotografía cambia con respecto a filmes como “El Gatopardo”, lo que no implica menos calidad, tornándose ésta más fría y seca –a excepción de la escena de la matanza, más cálida quizás por transcurrir en parte en un burdel-. A veces contemplamos haces de luces cuya procedencia parece inexplicable, y que obedecen solamente a una finalidad estética, dando lugar también a sombras cuasi expresionistas.
En “La caída de los dioses” hallamos una mezcolanza de dos elementos fundamentales:

1.La recreación de lo que históricamente se ha conocido indistintamente como “La noche de los cuchillos largos”, “La noche de los cristales rotos” o la “Operación colibrí” (durante este hecho, el partido nacionalsocialista alemán llevó a cabo una purga, entre algunos, de la SA, para conseguir el poder absoluto en la Alemania nazi).
2.Una curiosa adaptación del "Macbeth" más alocado.

(Spoiler).
Ya lo decía uno de los guionistas, Nicola Badalucco, que el film se divide a modo de ópera verdiana en tres actos: la cena inicial en la que el cabeza de familia, el anciano tío Joachim, pretende delegar el poder de su empresa siderúrgica en otro pariente afín al nacionalsocialismo alemán; el nudo, donde se produce la antedicha purga y que representa la noche de los cuchillos largos – momento en el que podemos encontrar todo un rosario de soldados que tras una orgía y borrachera terminan maquillados y ataviados con ropa de mujer, y otros desnudos para ser salvajemente aniquilados posteriormente -; y finalmente, la dramática caída de los dioses, es decir, lo que por entonces quedaba de la familia Von Essenbeck.



Interesante resulta esta vez el papel de Helmut Berger, que se inicia prácticamente como un secundario que va ascendiendo progresivamente hasta erigirse como el rol principal, acongojando a esa madre que pretende arrebatarle lo que es suyo a través de su matrimonio con su interesada pareja -Dirk Bogarde-. De nuevo Berger no deja indiferente, sobre todo porque su Martin Von Essenbeck se muestra como el inolvidable heredero de una acería que toca todos los palos: canta en una aparentemente cándida representación familiar la mítica “Quiero un hombre de verdad” travestido de Marlene Dietrich, actúa como pedófilo con una niña judía y viola a su propia progenitora, encarnando sin duda alguna esa locura característica de la esencia del nazismo.(Fin de spoiler).



Presente seguiría estando en Visconti su conciencia política, ayudando en ocasiones de cara a los productores, a algunos de sus actores, tal y como relataba Umberto Orsini. Según él, el director italiano llegó a simular que rodaba escenas no pactadas en el contrato de éste para lograr que le pagasen más de lo estipulado –Orsini trabajaba habitualmente como intérprete de teatro y aquí realizaba un papel secundario-.

No cabe duda de que “La caída de los dioses” encierra todos los ingredientes para que a día de hoy fuese imposible de rodar, como la secuencia en que Berger, que en aquel momento contaba con 25 años, besaba muy suave y sutilmente a una niña de cinco. Tal vez esta etapa de la Historia del Cine fue, para algunas cosas, mucho más afortunada que la presente.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Se escuchan pasos en el piso de arriba



En 1974, Luchino Visconti filmó su penúltima película, considerada claramente testamentaria por la mayor parte de su público. Por aquel entonces ya estaba bastante enfermo –moriría en 1976- y probablemente por este motivo se rodó sólo y exclusivamente en interiores, lo que facilitó su movimiento ante una salud visiblemente mermada.

“Gruppo di famiglia in un interno” –en España, “Confidencias”- cuenta la historia de un profesor universitario norteamericano y jubilado que parece disfrutar de su soledad escogida en un palacio romano. Ésta sólo se verá interrumpida cuando la Marquesa de Brumonti y su peculiar familia se empeñen hasta límites extremos en alquilar el piso superior del inmueble, a pesar de la inicial reticencia del personaje de Burt Lancaster –de nuevo veremos los recurrentes temas viscontianos: la aristocracia que se traiciona a sí misma o que rompe con sus normas rancias aunque manteniendo, eso sí, las apariencias de cara al exterior-.

Silvana Mangano interpreta a la insolente marquesa que comanda este grupo junto a su singular gigoló, Konrad –Helmut Berger nunca volvería a estar así de guapo ni bordaría una actuación de igual modo-, y junto a su hija Lietta y el novio de ésta, Stefano. Sin embargo, el profesor/Lancaster es el único personaje innominado de todo el film, aún ejerciendo de introductor a la trama, de hilo conductor entre los diferentes roles y de sabio observador. No resulta descabellado entender que el profesor es el propio Visconti: el hombre desencantado con las nuevas generaciones, el intelectual refinado y amante del arte, el individuo vencido que en parte sólo espera la muerte…pero también el romántico torpe que sin confesarlo, parece enamorarse de Konrad. Y ésa es otra: Helmut Berger hace el papel de Konrad, pero Konrad es a su vez Berger, el joven con ambiciones venidas a menos que no consigue acabar sus estudios de arte por verse inmerso en las revueltas del 68’, el ser arruinado por sus impulsos –el juego, el dinero fácil, los trajes caros y demás vicios menos confesables-; representa a su vez al hombre que deja entrever su atracción por el profesor –el hipotético amante, padre y mentor intelectual-.(No sé si hace falta aclarar que Visconti y Berger fueron pareja durante los doce últimos años de vida del primero). Quizás se entienda como una coincidencia o una forma de no mostrar este paralelismo tan obvio, el hecho de que el director milanés se hubiese referido al libro “Mario Praz: scene di conversazione” donde se habla del “infierno del romanticismo (…) del decadentismo”.



(Spoiler).
Pero la presencia de este grupo no le saldría nada barata al profesor: pronto llegarían los problemas con unas inesperadas reformas que de poco acaban con el palacio, música muy alta a horas intempestivas, la presencia de unos matones y posteriormente de la policía, y una monumental pelea entre la marquesa y su gigoló con consecuencias terribles cuando ésta rechace su propuesta de matrimonio. Sucederá entonces en una cena, que Lancaster revelará su verdad, haciendo entender a sus inquilinos que de todos los posibles imaginables, ellos habían sido sin duda alguna los peores, pero también los únicos capaces de despertarle de su letargo, porque como comentaba, habitualmente leía a un escritor que representó su muerte en una novela como esa figura invisible que mediante un ruido sordo caminaba en su busca por el piso de arriba.




Trágicamente la película finaliza con la muerte de Konrad -¿suicidio o asesinato?- y con el profesor destrozado por el drama y convaleciente en su cama…mientras el espectador puede percibir el sonido de unos pasos provenientes del piso de arriba que ya había sido abandonado por tan especial familia…
Desgraciadamente la tragedia de Helmut Berger no terminó en 1976. Hace poco apareció en los medios que el gobierno italiano le había concedido una pensión de 200 euros que le empuja a vivir en la miseria, a quien en su momento todo lo tuvo y todo lo perdió, tal vez por ser un Konrad de carne y hueso.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Rocco Parondi sopla cincuenta velas





Un 6 de septiembre de 1960 se estrenaba en Italia “Rocco y sus hermanos”, pieza clave de la cinematografía universal y último eslabón neorrealista en la filmografía de L. Visconti. Esta película representa prácticamente una tragedia griega, en donde la fatalidad progresa in crescendo hasta alcanzar el punto álgido en una trama final irreversible, que imposibilita el retorno a la deseable tranquilidad aburrida de antaño.

Según Suzanne Liandrat autora de “Luchino Visconti”, editado en Cátedra, este director se posiciona según la crítica europea en dos extremos, uno de ellos el de decadente-neorrealista, fiel descripción de este film.
La historia de “Rocco e i suoi fratelli” se inicia cuando la madre de los cinco hermanos, Rosario Parondi, decide marcharse junto a sus hijos desde una miserable Lucania, al sur de Italia, hasta Milán, donde los espera el hermano mayor, Vincenzo, quien se instaló allí hace tiempo y va a casarse con su novia –Claudia Cardinale- para disgusto de la matriarca. Rosario representa a la progenitora controladora, orgullosa de sus dos vástagos que han conseguido triunfar en el boxeo – Rocco y Simone- hasta el punto en que llega a decir:“¡¿Me llaman doña Rosario, a mí, incluso señora Parondi, aquí, en Milán!”. Sin embargo mantendrá casi siempre, excepto en los momentos más dramáticos, una venda en los ojos que le impedirá apreciar las miserias que también surgen en la vida de éstos.




(Spoiler) Anne Girardot representa a Nadia, el punto de fricción entre los mencionados Rocco y Simone. Interpreta a una prostituta, una especie de “Carmen” o heroína rebelde dentro de sus posibilidades. Primero mantendrá una relación con Simone, quien más que amarla parece sentir por ella una mezcla de fascinación y desprecio, y posteriormente con Rocco –personaje caracterizado por una extraña y extrema generosidad y bondad- con cuyo respeto logrará encontrar un trabajo corriente y una breve felicidad.

Simone alude a las pasiones ruines, efervescentes y dolorosas (porque los personajes de Visconti siempre apuestan a un absoluto, sin medias tintas): odiará primero a Rocco por mantener una relación con su exnovia y posteriormente por relevarlo y superarlo en su éxito como boxeador.
Otro hermano, Ciro, constituye el punto de objetividad y cordura: está exento de impulsividad y de sentimientos de culpabilidad y se erigirá en el punto de lucidez cuando Simone cometa una fatal atrocidad con Nadia para calmar su odio.
Sólo el pequeño Luca, aún sin contaminar, supondrá el elemento de futuro y esperanza, el único puñado de lentejas sin gorgojos, ésos que tan ociosa y despreocupadamente limpiaban todos cuando su llegada a Milán era reciente y aún no tenían empleo (fin de spoiler).

El guión de “Rocco y sus hermanos” está escrito por varios autores, entre los que destacan el propio director y la recientemente fallecida Suso Cecchi d’Amico. Quizás por este motivo se hace más que nunca necesario recordar este insigne aniversario, justo en el año en el que otras películas se han hecho “cincuentonas”, como la revolucionaria “Al final de la escapada” de Jean-Luc Godard, o la adorable “El apartamento” de Billy Wilder.

viernes, 27 de agosto de 2010

El amor del aburrimiento




Conozco a una persona que en una ocasión me dijo que entre cada
relación o enamoramiento más o menos sólido, siempre se fijaba en alguien de una forma bastante banal por aquello de tener en quien pensar en momentos de estrés o desánimo. Probablemente éste sea el marco ideal para contextualizar la historia del protagonista de la tercera película de François Truffaut, “La piel suave”.
Pierre Lachenay es un escritor y conferenciante exitoso, casado y con una hija, que se sentirá atraído en uno de sus viajes por Europa por una azafata, Nicole – Françoise Dòrleac, la hermana de Catherine Deneuve fallecida prematuramente a los veinticinco años-. La historia entre ambos no resulta en ningún momento una pasión hirviente. Esto no es “Casablanca”. Tampoco “In the mood for love”…ni se pretende. Intuyo que Truffaut quiso mostrar que un relato aparentemente soso podía cobrar grandes dosis de profundidad e inducción a la reflexión en las manos adecuadas.
Pienso que lo innegable de este gran cineasta francés, es que hilvana con tal sabiduría y fluidez cada plano, cada secuencia con otra que nos da la impresión de ver toda la trama con nuestra propia mirada. Y he ahí su grandeza: nada chirría, todo es natural pero sorprendentemente elegante. Nada que ver, por ejemplo, con esos malabarismos de otro grande como Orson Welles, genial ególatra que siempre aspiraba al “no va más”, como ese plano-secuencia de “Sed de mal”, el más largo y alabado de la historia del cine.


Volviendo a “La piel suave”, cabría cuestionarse si este escritor con ínfulas de pensador sesudo no constituiría en realidad la excusa de Truffaut para regalarnos una fábula feminista: de dos formas diferentes Lacheney sufrirá el desprecio y humillación por parte de las dos mujeres, los otros vértices que cierran este triángulo. Y esto en Truffaut me encanta: ellas en sus películas no son floreros; pueden resultar encantadoras y tiernas o tener la mala leche y complejidad adecuadas cuando se hace oportuno. Indudablemente este gran cineasta no nos vende las milongas de un ñoño, engreído, desfasado y “marujil” Antonio Gala - ¿se nota que me cae mal?- que martiriza a la esposa de por vida cuando le pone la cornamenta a su cónyuge. Habría que mencionar que este film representa la tormenta después de la calma, a pesar de todo, en cuanto a intensidad dramática, ya que con su anterior película, “Jules et Jim”, el director nos regala un triángulo amoroso verdaderamente pasional y descarnado, muy sincero y nada acomplejado. Considero personalmente que no cabe discusión sobre la calidad de cualquier peli de este cineasta francés, admirador confeso de A. Hitchcock, aunque infinitamente más vehemente y menos reprimido.

viernes, 9 de julio de 2010

Cine negro made in France




Ver “Un prophéte” me ha confirmado que mi pasión por el anterior film de su director Jacques Audiard, “De latir mi corazón se ha parado”, estaba más que justificada. Nunca entendí el inmerecido ataque de crítica y público a una película tan brillante como la penúltima de este realizador, estrenada en 2005.

Audiard retoma en “Un profeta”(2009) sus misteriosos ingredientes para elaborar una peli de culto, esto es, las formas clásicas y tradicionales del séptimo arte que, sazonadas con su inquietante personalidad y con su debido tiempo de cocción, dan como fruto una cinta moderna y transgresora. Esta obra que se hizo con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes 2009, narra la historia de Malik El Djebema, un joven magrebí que ingresa en prisión para cumplir una condena de seis años. Lo peligroso o mágico, por la posibilidad del espectador de empatizar con el protagonista, reside en el hecho de que la "candidez" con la que El Djebema entra en la cárcel queda casi intacta hasta su salida, y eso a pesar de verse forzado a ejecutar todo tipo de atrocidades y carnicerías bajo la amenaza del jefe de la mafia corsa en el centro, César Luciani, interpretado por ese gran actor que representa Niels Arestrup y que dada su andadura, parece poder permitirse el lujo de no tener que demostrar nada a nadie.




(Spoiler)
Malik inicia el cumplimiento de su pena con diecinueve años, es analfabeto y carece de familia que lo apoye en el exterior, y quizás por esto la prisión le servirá para afianzar su personalidad y carácter y sobreponerse, por ejemplo, a su primera “misión”: degollar a un enemigo que de forma inesperada se convertirá, tras su muerte, en su compañía, ángel de la guarda y revelador de acontecimientos aún no sucedidos -lo que conducirá a que un grupo de compañeros musulmanes lo ensalcen como a “un profeta” ante sus incomprensibles visiones-. Si bien desde el inicio El Djebema se verá abocado a seguir los dictados de la banda corsa, terminará posteriormente tomando sus propias decisiones y sirviendo también al grupo musulmán, porque esta cárcel que el propio Audiard reconoce haber edificado sólo para su película, reproduce en sus esquemas y jerarquías los más bajos y desafiantes estratos de la sociedad parisina, que pasa también por la inmigración, o mejor dicho, por su menos recomendable representación.



Sobra decir que los personajes de este director suelen mostrarse siempre como individuos difíciles y violentos que a través de diversos tipos de catarsis indistintamente trágicas se redimen de una vida anterior oscura, que se manifiesta también en la plasticidad de la fotografía, nunca fría, pero sí al menos evidenciadora de un carácter tenue y a veces difuso, que alude a la incertidumbre o esperanza a medio gas de sus más señalados roles.

Pero la adscripción de Audiard al cine negro es relativa, quizás porque no ha buscado crear un filme totalmente de género. Por eso los retratos psicológicos de sus principales estandartes, Malik El Djebema – quien a pesar de todo, sabrá distinguir entre el bien y el mal- y César Luciani, muestran un gran relieve y dan lugar a pensar que “Un profeta” no es una cinta nada barata metafóricamente hablando y que sin moralinas, quiere contarnos que el joven protagonista no habría acabado con cierto estatus de no haber pasado seis duros años –aunque nada aburridos- de complicada condena al servicio de diversas bandas, mafias o matones de toda índole.

Como la anterior, “De battre mon coeur s’est arreté”, requiere un segundo visionado, y precisamente por eso, y para conservarla como una historia de grandísima calidad, la tendremos a partir de Junio en DVD.

"El odio" cumple quince años




Para empezar , me gustaría destacar que si no fuese por este memorable film, hoy el gran público recordaría a Mathieu Kassovitz - director de "El odio"(1995)- como al pardillo ,aunque pretendidamente singular, novio de Amélie. Si nos ponemos en plan frívolo, esta peli bien podría resultar algo parecido a aquel prototipo de chiste rancio que empezaba con "Érase una vez un francés, un italiano y un español y...".Pero no , en este caso "La haine" nos propone una historia de hondo calado social protagonizada por un judío, un árabe y un joven de raza negra cuyo metraje recrea las veinticuatro horas posteriores a una oleada de disturbios que han culminado con un chico gravemente herido ,que se debate entre la vida y la muerte en un hospital ,tras una paliza recibida por la policía. Los caballeros andantes descafeinados y vencidos que vertebran la trama viven en los suburbios de París : Vinz, Saïd y Hubert. El primero ha logrado robar un revólver a la policía, con el que ha prometido vengar la muerte de su amigo si éste finalmente muere. El nihilismo, el no futuro, la vida en una cité marginal, la falta de inquietudes y la convivencia con unas familias todavía más hastiadas que ellos mismos les empujan, quizás sin ellos saberlo, a una existencia basada en el odio contra todo. Aunque los tres amigos son una piña, las relaciones con el resto se antojan difíciles, muy probablemente porque ninguno de ellos ha conseguido la integración suficiente como para entender que el mundo se fundamenta en un sinfín de normas de socialización y algo parecido al respeto , lo que sin duda alguna les impide, por ejemplo, ligar con un par de jóvenes en la inauguración de una exposición de arte contemporáneo - incomprensible a todas luces para ellos- y a la que no han sido invitados.





Es curioso el paralelismo e intencionado guiño de Kassovitz - galardonado por este film en Cannes como mejor director- a la película de Scorsese "Taxi Driver" : ambos - de Niro y Cassel- en una espiral de paranoia o aburrimiento se enzarzan consigo mismos frente a un espejo con un imaginario enemigo a quien pretenden disparar .
Los noventa y cinco minutos de película se devoran para conseguir sin embargo un final algo predecible , pero no por falta de recursos del guión, sino porque haciendo honor a la cruda realidad que en todo momento retrata "El odio", la sociedad es en la superficie -y en el fondo- tan políticamente correcta y asqueante, que no puede hacer concesiones a tres seres aparentemente indeseables que quizás hubiesen conseguido la "salvación" con un soplo de esperanza y una mano tendida para encarar el futuro con ojos nuevos.

Tom Ford: un hombre soltero y con clase



Todos los que amamos la moda, todos los que somos lectores irredentos de esa Biblia llamada Vogue, sabíamos perfectamente quién era Tom Ford. Este estadounidense estudió Historia del Arte y Diseño.Irrumpió como "salvador" de la casa italiana Gucci en un momento en que ésta estuvo al borde de la quiebra , y no sólo la sacó a flote, sino que además la convirtió en un referente de la alta costura y a sí mismo en un trendsetter/dandy, que consciente de su atractivo, ha llegado a protagonizar alguna que otra de sus campañas.Posteriormente creó su propia firma con su nombre y hasta 2009, ése fue ni más ni menos que el currículum del Sr. Ford.

Sin embargo el pasado año nos enteramos de que había adaptado para un guión una novela de Christopher Isherwood y que además la había dirigido. Muchos - yo entre ellos - pensamos que el film en cuestión no iba a resultar más que una sucesión de fotos de portada con caras bonitas y estética de videoclip.Para mi sorpresa llegó el Festival de Cine de Venecia , y el protagonista de "A single man" , Colin Firth , se hizo con la Copa Volpi al mejor actor.Al mismo tiempo los críticos empezaron a ensalzar esta obra que parece ir claramente dirigida a un público minoritario. Aún así yo mantenía mis prejuicios..hasta esta noche.




El visionado de "Un hombre soltero" no deja indiferente. Por supuesto que Ford demuestra ser todo un esteta refinado que mide milimétricamente cada plano y encuadre: qué boton de la camisa de su prota , George, debe ir desabrochado ; qué mechón de pelo debe mostrarse casualmente revuelto o cuánto de erótico puede resultar un plano detalle de los labios del top bilbaíno Jon Kortajarena exhalando humo.
El film narra la historia de un profesor universitario de literatura, en 1962, que tras dieciséis años de feliz convivencia con su novio , recibe un día la llamada de un pariente de éste que le informa de la muerte de su pareja en accidente de tráfico , comunicándole además , que su familia no desea que asista a su entierro. Durante gran parte del metraje, George se debatirá sobre cómo suicidarse . Incluso puede parecer cómica la escena en que prueba una y mil veces cuál sería la forma más correcta de introducirse mejor el revólver en la boca para lograr la muerte.

Resulta también digna de mención la fotografía del catalán Eduard Grau :los constantes flashbacks en los que el personaje de Colin Firth recuerda a su pareja , se muestran en blanco y negro o bien experimentan una exaltación del color en comparación con el resto del film.

Pero George no está del todo sólo : cuenta con la compañía y apoyo de una amiga de la facultad , Charlie - Julianne Moore - quien ha estado toda su vida enamorada de él ; y además conocerá a alguien inesperado , un alumno que parece intuir sobre su vida más que algunos vecinos o allegados.

Tom Ford nos demuestra clase en la forma y el contenido , porque sabe mantener el ritmo narrativo y exhibe un poderío visual que asusta. Pronostico desde ya - como muchos otros-, que Colin Firth ganará el Oscar por este trabajo . Sin embargo, me da miedo pensar cómo puede ser su próxima película tras una ópera prima tan brillante.

Simplemente creo que el amor , independientemente de la orientación sexual, es un concepto universal , que si además viene envuelto con el papel de regalo y el lazo más bellos , sólo nos da lugar a la emoción y la empatía.

Por cierto , a tener en cuenta la B.S.O. a medias entre Shigeru Umebayashi y Abel Korzeniowski.


Colin Firth y Tom Ford hablan sobre "A single man" en el Festival de Venecia 2009.

Renoir, mi deuda contigo es impagable




Ante una película de esta talla ,una no sabe por dónde comenzar... o quizás sí,quizás debiera comenzar dándole las gracias a ese hombre que fue Jean Renoir y cuyos films son un vivo ejemplo del tipo de cine del que me alimento.

"Una partida de campo" - como siempre, qué mala traducción al castellano- ,encarna ese tipo de obras que versan sobre un amor platónico que podría desembocar en amour fou, y que se queda desgraciadamente y por cobardía , en la clásica historia de tensión-sexual-no-resuelta.(Véase si no , esa desgarradora fábula de erotismo susurrado que fue "In the mood for love").

"Une partie de campagne " está basada en un cuento de Guy de Maupassant y narra el día de una familia parisina que decide pasar una jornada campestre cerca de un pequeño restaurante.Allí, padre ,madre,abuela y encantadora hija tardoadolescente conocerán a dos singulares personajes (uno ,un vividor y todo un dios del sexo según se deduce de los diálogos , y el otro ,un joven más comedido y sensato ,aunque bastante pasional según se revela en la cinta) .

El final , queridos, me produjo una honda tristeza sólo comparable a la de la última secuencia de "Tabú" de Murnau.
Por cierto...no véis a Fragonard en la escena del columpio? No os vienen a la mente Courbet , Corot y papá August en las escenas de paisaje?

Indudablemente, digerir esta película me llevará unos días...