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viernes, 1 de abril de 2016
miércoles, 6 de abril de 2011
El salvaje Víctor d'Aveyron

En 1969 François Truffaut dirigió la historia auténtica de Víctor d’Aveyron, un niño salvaje hallado en unos bosques franceses en 1798 e inmediatamente enviado a París para ser estudiado. No por casualidad, advertimos que el film está dedicado a Jean-Pierre Léaud, alter ego del propio director, quien con pretensiones autobiográficas le hizo encarnar al mítico personaje Antoine Doinel en múltiples ocasiones: el adolescente rebelde que faltaba a clase para ir al cine, el ávido lector –en el caso de “Los cuatrocientos golpes” podemos apreciar la admiración de Doinel por Balzac -, el joven “asiduo” de los correccionales, el hombre que tuvo una ardua vida sentimental…Y de este modo no cabe duda, contemplando la filmografía de Truffaut, de su interés por la cultura y el pensamiento.
En “El pequeño salvaje” el propio cineasta interpreta a Jean Itard, el doctor de una institución infantil que comprendiendo el rechazo que Víctor provocaba entre sus compañeros, decide educarlo en su propia casa con la ayuda de su empleada, la señora Guérin. Pero los avances de d’Aveyron resultan lentos, quizás porque inicialmente Itard se preocupa en especial por impartirle a este “salvaje” –mudo y totalmente ignorante- unas enseñanzas más bien intelectuales. Sólo cuando comprenda que debe partir de la base de los conceptos morales más elementales y en consecuencia, del pensamiento lógico, logrará entenderse con Víctor.
Imagino que muy probablemente Truffaut pensó en la obra de Rousseau “Emile, o De la educación”, donde su autor contrasta las figuras del hombre asalvajado y el civilizado.
Cabe decir que desde el ejemplo de Víctor d'Aveyron, Jean Itard pasó a la Historia como un pionero de la educación especial.
A pesar de lo que pueda parecer para algunos, la película se convirtió en un éxito comercial, todo un logro sabiendo que cuenta con un formato documental. Y es que Truffaut se erigió ante todo como un genio instintivo e inteligente, que a pesar de lo que hubiese podido presagiar con su complicada infancia y juventud, dio lugar a una de las obras más complejas y atractivas de la Historia del Cine.
*Para ilustrar, sólo he podido encontrar un pequeño fragmento de la película, puesto que no existe ningún trailer accesible.
viernes, 27 de agosto de 2010
El amor del aburrimiento

Conozco a una persona que en una ocasión me dijo que entre cada
relación o enamoramiento más o menos sólido, siempre se fijaba en alguien de una forma bastante banal por aquello de tener en quien pensar en momentos de estrés o desánimo. Probablemente éste sea el marco ideal para contextualizar la historia del protagonista de la tercera película de François Truffaut, “La piel suave”.
Pierre Lachenay es un escritor y conferenciante exitoso, casado y con una hija, que se sentirá atraído en uno de sus viajes por Europa por una azafata, Nicole – Françoise Dòrleac, la hermana de Catherine Deneuve fallecida prematuramente a los veinticinco años-. La historia entre ambos no resulta en ningún momento una pasión hirviente. Esto no es “Casablanca”. Tampoco “In the mood for love”…ni se pretende. Intuyo que Truffaut quiso mostrar que un relato aparentemente soso podía cobrar grandes dosis de profundidad e inducción a la reflexión en las manos adecuadas.
Pienso que lo innegable de este gran cineasta francés, es que hilvana con tal sabiduría y fluidez cada plano, cada secuencia con otra que nos da la impresión de ver toda la trama con nuestra propia mirada. Y he ahí su grandeza: nada chirría, todo es natural pero sorprendentemente elegante. Nada que ver, por ejemplo, con esos malabarismos de otro grande como Orson Welles, genial ególatra que siempre aspiraba al “no va más”, como ese plano-secuencia de “Sed de mal”, el más largo y alabado de la historia del cine.
Volviendo a “La piel suave”, cabría cuestionarse si este escritor con ínfulas de pensador sesudo no constituiría en realidad la excusa de Truffaut para regalarnos una fábula feminista: de dos formas diferentes Lacheney sufrirá el desprecio y humillación por parte de las dos mujeres, los otros vértices que cierran este triángulo. Y esto en Truffaut me encanta: ellas en sus películas no son floreros; pueden resultar encantadoras y tiernas o tener la mala leche y complejidad adecuadas cuando se hace oportuno. Indudablemente este gran cineasta no nos vende las milongas de un ñoño, engreído, desfasado y “marujil” Antonio Gala - ¿se nota que me cae mal?- que martiriza a la esposa de por vida cuando le pone la cornamenta a su cónyuge. Habría que mencionar que este film representa la tormenta después de la calma, a pesar de todo, en cuanto a intensidad dramática, ya que con su anterior película, “Jules et Jim”, el director nos regala un triángulo amoroso verdaderamente pasional y descarnado, muy sincero y nada acomplejado. Considero personalmente que no cabe discusión sobre la calidad de cualquier peli de este cineasta francés, admirador confeso de A. Hitchcock, aunque infinitamente más vehemente y menos reprimido.
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