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miércoles, 30 de enero de 2013

Grandes dramas sin importancia


Aunque a priori “El lado bueno de las cosas” (“Silver Linings Playbook”, David O. Russell) huele a la clásica película simplona y de final fácilmente gratificante, no me cabe duda después de visionarla de que es mucho más que eso.
Pat (Bradley Cooper) acaba de salir de una institución psiquiátrica tras ocho meses de internamiento por agredir al amante de su mujer, a quienes pilló in fraganti. Sin embargo, el rol de Cooper enseguida resulta entrañable aunque alocado, sí, por su empeño en recuperar a su pareja a pesar de todo, pero también se antoja adorable por la torpeza y el carácter incongruente del que hace gala y por su inocente actitud positiva típica de libro de autoayuda.

Tal vez este film bascula desde lo universal a lo particular en cuanto al concepto de crisis se trata, tomando como referencia en este caso una pérdida amorosa, ésa que el protagonista, en una especie de fase de negación, se resiste a aceptar…hasta que traba amistad con Tiffany (una espléndida Jennifer Lawrence).

Ambos personajes encarnan la inestabilidad, la marginalidad y el dolor pero envueltos en un halo de humor y dulzura y en un ambiente (la familia de Pat) en constante ebullición. Una efervescencia que provoca a ratos la risa y la agitación en el espectador, quedando reforzada esta última por los potentes movimientos de cámara.

“El lado bueno de las cosas” juega a la alternancia de la tensión dramática y cómica continuamente hasta llegar a un final predecible pero agradecido. Me hubiese gustado verla en versión original, sobre todo por la actuación de Jennifer Lawrence, pero otra vez será.

domingo, 29 de abril de 2012

Amor con humor


Tanto en el cine de antaño como en el actual –especialmente en el estadounidense-, muchas de las películas que abordan relaciones amorosas tienden a provocar estrepitosas subidas de azúcar, bien por un exceso de empalago o por la conformación de dramas enrevesados y cursis de esos que destrozan la vida “para siempre”. No creo que sea el caso de los siguientes films.

En 1960, René Clement dirigió “¡Qué alegría vivir!”, cinta que soportaría la alargada sombra de la anterior de este director, “A pleno sol”, primera adaptación cinematográfica de la novela de Patricia Highsmith “El talento de Mr. Ripley”. En el filme que nos ocupa, dos jóvenes acaban de terminar el servicio militar en una Italia totalmente efervescente políticamente en plenos años 20’. Ambos empezarán a trabajar para un grupo fascista con el único objetivo de percibir un sueldo, aunque sin ostentar ideología política al respecto. Pronto uno de ellos, Ulises (Alain Delon), se pasará al bando anarquista y obtendrá un nuevo empleo en una tipografía para estar al lado de Franca, la hija de una familia de revolucionarios muy curiosa y alocada.
Rodada en blanco y negro y con una trama algo atropellada en ocasiones, con ella Clément nos habla de cómo el afán de poder de algunas organizaciones, independientemente de la doctrina que profesen, es capaz de olvidar fácilmente sus valores y consignas aprovechándose de la inocencia y el arrojo de uno de sus ingenuos integrantes. A pesar de ello, qué duda cabe de que estamos ante una de esas rotundas comedias a la italiana con un leve pero soportable toque de drama.


Dando un generoso salto en el tiempo llegamos a “Beginners”(2011) de Mike Mills, protagonizada por Ewan McGregor y por un merecidamente multipremiado Christopher Plummer. Si en “¡Qué alegría vivir!” los sinsabores que acechan a la pareja proceden del exterior de la relación, en “Beginners” sucede todo lo contrario, puesto que el argumento se centra en una típica sociedad incomunicada e individualista de la actualidad. La película nos narra la historia de amor de Oliver (McGregor) y Anna (Mélanie Laurent), dos personajes complejos y solitarios en pleno proceso de madurez. Pero todo el metraje está jalonado por flashbacks en los que Oliver recuerda, por un lado, su desconcertante infancia con unos progenitores a veces ausentes y otras disparatados, y por otra parte, cómo su padre tras fallecer su madre, le desvela y vive plenamente su homosexualidad.

A pesar de que en principio pudiera parecer un cuento edulcorado con pretensiones muy comerciales, poco a poco nos damos cuenta de que se trata de un relato en el que dos personas pretenden establecer, con sus torpezas, un vínculo serio sorteando a su manera las adversidades que los rodean.

domingo, 22 de mayo de 2011

¿Cuestión de suerte?




“La chica del puente”(1999) es una película de Patrice Leconte que de alguna manera continúa la línea de cine poético dentro de su filmografía, como ya hiciese con “El perfume de Yvonne” o “El marido de la peluquera”. Este film aborda sin duda alguna el azar o las casualidades, inserto todo ello en un marco onírico que se sirve de un tipo de fotografía en un depurado blanco y negro, y del uso de tomas atropelladas de una misma situación desde diferentes perspectivas, quizás para ensalzar el tono delirante de la cinta. Todo comienza cuando Adèle (Vanessa Paradis), una joven inestable y soñadora, decide suicidarse tirándose desde un puente. Ella se cree desafortunada porque nunca nada le ha salido bien, porque espera que suceda un cambio en su destino como por obra y gracia, metafóricamente hablando, de un simple conjuro mágico. Justo entonces aparecerá Gabor (Daniel Auteuil), un lanzador de cuchillos que busca a sus dianas en puentes y tejados, que va a la caza de mujeres que nada tienen que perder y que siempre le han acompañado en sus tretas y argucias de buscavidas alocado. Gabor, un hombre seguro, maduro, irónico, pero también solitario, intentará convencer a Adèle con curiosos trucos, de su desconocida e inexplorada fortuna. De nuevo Auteuil, uno de los más laureados y prolíficos actores franceses de la actualidad, representa al hombre interesante, el del atractivo casual, el resultón de yo-sólo-pasaba-por-aquí.



La tensión sexual entre los dos protagonistas se masca durante todo el metraje, especialmente con la recreación de orgasmos alegóricos cuando Gabor lleva a cabo sus lanzamientos de cuchillos. Pero el personaje de Daniel Auteuil sabe del carácter enamoradizo de Adèle, que constantemente cree haber hallado en cada hombre que le presta atención al “amor de su vida”. A pesar de todo, su vida nómada de artistas errantes dará para encuentros y desencuentros varios en esta atípica película que mezcla con bastante agilidad un ejemplo de drama singular y de cierto toque cómico. A tener muy en cuenta su memorable banda sonora, coronada principalmente por la canción de Marianne Faithfull “Who will take my dreams away”.