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jueves, 20 de noviembre de 2014

La alargada sombra de un rey


Sabemos que la sociedad evoluciona a través del caos que la sacude cíclicamente y Luchino Visconti dio buena cuenta de ello mediante el sufriente y legendario ‘Ludwig: Luis ll de Baviera’ (1972), el profundo retrato de un hombre que desapareció junto a su época. Entrañable, creo, a pesar de todo.

No me resulta descabellado establecer conexiones entre este personaje y el director milanés, puesto que ambos son, por ejemplo, sensibles, exquisitos, homosexuales y aristócratas. Sin embargo, preguntada al respecto Suso Cecchi d’Amico, una de las guionistas del film, responde: “Luchino tenía un carácter muy fuerte; Ludwig es débil”.

El extenso rodaje de seis meses de duración hizo caer a su realizador en la enfermedad, pero con el papel protagonista concedió a Helmut Berger, su pareja, una oportunidad que éste aprovechó notablemente.

Enmarcada en la trilogía alemana de su autor junto a ‘La caída de los dioses’ y ‘Muerte en Venecia’, ‘Ludwig’ entraña un libre esbozo del Rey Luna que es recordado por su demencia y por anteponer su amor al arte frente al gobierno de Baviera. Estamos además ante una figura que se va tornando más esperpéntica a medida que envejece a causa de sus desvaríos.

La peli, con una ambientación de inevitable sello viscontiano, sólo queda un tanto deslucida por esa moda de la época de usar el zoom profusamente. Por lo demás, me parece una interesantísima forma de conocer a un hombre que ya forma parte de la Historia.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La noche de los cuchillos largos



En 1969 Luchino Visconti inició lo que dentro de su filmografía se ha conocido como su etapa alemana. Está constituída por una trilogía que comienza con la presente “La caída de los dioses”, prosigue con “Muerte en Venecia”(1971) y finaliza ni más ni menos que con la biografía de casi cinco horas de duración del controvertido rey Luis ll de Baviera (“Ludwig”, 1972). Muchos críticos le achacan cierto declive en su poderío visual en algunas de sus últimas películas, otros en su momento lo acusaron de derrochador y caprichoso en sus grandes producciones…Sin embargo creo que rascando un poco en la superficie de estos reproches, podemos encontrar, a mi juicio, todo lo contrario.
Obviamente la paleta de colores de la fotografía cambia con respecto a filmes como “El Gatopardo”, lo que no implica menos calidad, tornándose ésta más fría y seca –a excepción de la escena de la matanza, más cálida quizás por transcurrir en parte en un burdel-. A veces contemplamos haces de luces cuya procedencia parece inexplicable, y que obedecen solamente a una finalidad estética, dando lugar también a sombras cuasi expresionistas.
En “La caída de los dioses” hallamos una mezcolanza de dos elementos fundamentales:

1.La recreación de lo que históricamente se ha conocido indistintamente como “La noche de los cuchillos largos”, “La noche de los cristales rotos” o la “Operación colibrí” (durante este hecho, el partido nacionalsocialista alemán llevó a cabo una purga, entre algunos, de la SA, para conseguir el poder absoluto en la Alemania nazi).
2.Una curiosa adaptación del "Macbeth" más alocado.

(Spoiler).
Ya lo decía uno de los guionistas, Nicola Badalucco, que el film se divide a modo de ópera verdiana en tres actos: la cena inicial en la que el cabeza de familia, el anciano tío Joachim, pretende delegar el poder de su empresa siderúrgica en otro pariente afín al nacionalsocialismo alemán; el nudo, donde se produce la antedicha purga y que representa la noche de los cuchillos largos – momento en el que podemos encontrar todo un rosario de soldados que tras una orgía y borrachera terminan maquillados y ataviados con ropa de mujer, y otros desnudos para ser salvajemente aniquilados posteriormente -; y finalmente, la dramática caída de los dioses, es decir, lo que por entonces quedaba de la familia Von Essenbeck.



Interesante resulta esta vez el papel de Helmut Berger, que se inicia prácticamente como un secundario que va ascendiendo progresivamente hasta erigirse como el rol principal, acongojando a esa madre que pretende arrebatarle lo que es suyo a través de su matrimonio con su interesada pareja -Dirk Bogarde-. De nuevo Berger no deja indiferente, sobre todo porque su Martin Von Essenbeck se muestra como el inolvidable heredero de una acería que toca todos los palos: canta en una aparentemente cándida representación familiar la mítica “Quiero un hombre de verdad” travestido de Marlene Dietrich, actúa como pedófilo con una niña judía y viola a su propia progenitora, encarnando sin duda alguna esa locura característica de la esencia del nazismo.(Fin de spoiler).



Presente seguiría estando en Visconti su conciencia política, ayudando en ocasiones de cara a los productores, a algunos de sus actores, tal y como relataba Umberto Orsini. Según él, el director italiano llegó a simular que rodaba escenas no pactadas en el contrato de éste para lograr que le pagasen más de lo estipulado –Orsini trabajaba habitualmente como intérprete de teatro y aquí realizaba un papel secundario-.

No cabe duda de que “La caída de los dioses” encierra todos los ingredientes para que a día de hoy fuese imposible de rodar, como la secuencia en que Berger, que en aquel momento contaba con 25 años, besaba muy suave y sutilmente a una niña de cinco. Tal vez esta etapa de la Historia del Cine fue, para algunas cosas, mucho más afortunada que la presente.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Se escuchan pasos en el piso de arriba



En 1974, Luchino Visconti filmó su penúltima película, considerada claramente testamentaria por la mayor parte de su público. Por aquel entonces ya estaba bastante enfermo –moriría en 1976- y probablemente por este motivo se rodó sólo y exclusivamente en interiores, lo que facilitó su movimiento ante una salud visiblemente mermada.

“Gruppo di famiglia in un interno” –en España, “Confidencias”- cuenta la historia de un profesor universitario norteamericano y jubilado que parece disfrutar de su soledad escogida en un palacio romano. Ésta sólo se verá interrumpida cuando la Marquesa de Brumonti y su peculiar familia se empeñen hasta límites extremos en alquilar el piso superior del inmueble, a pesar de la inicial reticencia del personaje de Burt Lancaster –de nuevo veremos los recurrentes temas viscontianos: la aristocracia que se traiciona a sí misma o que rompe con sus normas rancias aunque manteniendo, eso sí, las apariencias de cara al exterior-.

Silvana Mangano interpreta a la insolente marquesa que comanda este grupo junto a su singular gigoló, Konrad –Helmut Berger nunca volvería a estar así de guapo ni bordaría una actuación de igual modo-, y junto a su hija Lietta y el novio de ésta, Stefano. Sin embargo, el profesor/Lancaster es el único personaje innominado de todo el film, aún ejerciendo de introductor a la trama, de hilo conductor entre los diferentes roles y de sabio observador. No resulta descabellado entender que el profesor es el propio Visconti: el hombre desencantado con las nuevas generaciones, el intelectual refinado y amante del arte, el individuo vencido que en parte sólo espera la muerte…pero también el romántico torpe que sin confesarlo, parece enamorarse de Konrad. Y ésa es otra: Helmut Berger hace el papel de Konrad, pero Konrad es a su vez Berger, el joven con ambiciones venidas a menos que no consigue acabar sus estudios de arte por verse inmerso en las revueltas del 68’, el ser arruinado por sus impulsos –el juego, el dinero fácil, los trajes caros y demás vicios menos confesables-; representa a su vez al hombre que deja entrever su atracción por el profesor –el hipotético amante, padre y mentor intelectual-.(No sé si hace falta aclarar que Visconti y Berger fueron pareja durante los doce últimos años de vida del primero). Quizás se entienda como una coincidencia o una forma de no mostrar este paralelismo tan obvio, el hecho de que el director milanés se hubiese referido al libro “Mario Praz: scene di conversazione” donde se habla del “infierno del romanticismo (…) del decadentismo”.



(Spoiler).
Pero la presencia de este grupo no le saldría nada barata al profesor: pronto llegarían los problemas con unas inesperadas reformas que de poco acaban con el palacio, música muy alta a horas intempestivas, la presencia de unos matones y posteriormente de la policía, y una monumental pelea entre la marquesa y su gigoló con consecuencias terribles cuando ésta rechace su propuesta de matrimonio. Sucederá entonces en una cena, que Lancaster revelará su verdad, haciendo entender a sus inquilinos que de todos los posibles imaginables, ellos habían sido sin duda alguna los peores, pero también los únicos capaces de despertarle de su letargo, porque como comentaba, habitualmente leía a un escritor que representó su muerte en una novela como esa figura invisible que mediante un ruido sordo caminaba en su busca por el piso de arriba.




Trágicamente la película finaliza con la muerte de Konrad -¿suicidio o asesinato?- y con el profesor destrozado por el drama y convaleciente en su cama…mientras el espectador puede percibir el sonido de unos pasos provenientes del piso de arriba que ya había sido abandonado por tan especial familia…
Desgraciadamente la tragedia de Helmut Berger no terminó en 1976. Hace poco apareció en los medios que el gobierno italiano le había concedido una pensión de 200 euros que le empuja a vivir en la miseria, a quien en su momento todo lo tuvo y todo lo perdió, tal vez por ser un Konrad de carne y hueso.