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miércoles, 24 de agosto de 2011

Almas grises



“Hace mucho que te quiero” (2008) es una película que cosechó innumerables distinciones y reconocimientos en su año de estreno, todo ello a pesar de contar una trama compleja y llena de matices mediante un estilo de narración cinematográfica bastante minimalista. Su título procede de una canción infantil y tradicional francesa, “A la claire fontaine”, de la que toma el verso “Il y a longtemps que je t’aime, (jamais je ne t’oublierai)”, es decir, “hace mucho que te quiero, nunca te olvidaré”. El film nos adentra en una relación de amor fraternal entre dos hermanas, Juliette y Léa, que llevan quince años sin verse, los mismos que la primera –una impecable Kristin Scott Thomas- ha estado en la cárcel por el asesinato de su hijo de seis. A lo largo de su cautiverio Juliette no recibió visitas, ya que su familia se encargó de borrar su recuerdo, avergonzados de una historia que realmente no conocían y quizás también por horror, por el qué dirán o por haberse topado con una hija que no obedecía en absoluto al constructo mental de lo que unos padres conservadores e inflexibles esperaban. Sin embargo al salir de prisión Léa recogerá e integrará a su hermana en su propia familia, con su marido, con un suegro de perenne sonrisa que no suelta palabra y que sólo lee y con sus dos pequeñas adoptadas.



Pero a lo largo de todo el metraje el personaje de Scott Thomas, torpe en su forma de relacionarse en un principio, irá revelándose como una antigua fotografía. Habrá que esperar a que el vínculo entre las protagonistas se vuelva tan férreo como en su juventud para que Juliette explique las razones de su crimen, de algún modo comprensibles para una madre. Y es que como argumenta su director, el debutante Philippe Claudel, la vida es como un tablero de ajedrez en el que en un momento las cosas parecen blancas y al siguiente negras, lo que lleva a que todo tenga un carácter relativo. Claudel se dio a conocer como guionista y escritor y en este 2011 presentó su segunda película, “Silencio de amor”.



*“Almas grises”, título de este post, se corresponde con el nombre de la primera novela publicada por Claudel.

viernes, 29 de julio de 2011

El arte de la manipulación



Hubo unos años en los que se realizaron una serie de películas de suspense prácticamente clónicas y con un igual denominador: el asesino era el mayordomo, como si de un chiste se tratase. Sin embargo en 1963, el director norteamericano Joseph Losey, que había emigrado a Inglaterra a causa del macartismo, filmó “El sirviente”, una obra radicalmente distinta de las anteriores, mucho más trabajada y elegante.

En “The servant” el criado (Dirk Bogarde) se muestra más sibilino en sus intenciones: nada de crímenes a sangre fría. Éste llegará a convertirse en un artista de la manipulación, capaz de revertir los roles señor-sirviente. James Fox interpreta a Tony, un aristócrata ocioso que busca servicio para su nueva casa en Londres. Tony está prometido y tiene grandes negocios en mente, tales como construir nuevas ciudades en Brasil. Inicialmente el mayordomo Hugo Barrett comienza su trabajo con eficiencia y dedicación, por eso sus ansias de dominación resultan en un principio casi imperceptibles. Sin embargo Barrett irá escalando peligrosamente peldaños hasta imponer de modo maquiavélico una extraña relación con Tony en la que éste hace patente una total pérdida de la voluntad, quedando a merced de la maldad pérfida de su criado.



Lo más interesante a mi juicio reside en la cuidada manifestación formal de todos los detalles que construyen la historia. Personalmente parto de la base de que esta película se enmarca en el cine manierista, plasmado ejemplarmente por Alfred Hitchcock. Así pues, al inicio del film, cuando aún la relación de los protagonistas no se había subvertido, observamos una imagen especular deformada y muy elocuente (ver foto) que ya nos anticipa de algún modo ese vínculo enfermizo. Igualmente, cuando el trato criado-señor está normalizado vemos planos medios, pero en el proceso de manipulación de Barrett hacia Tony los planos se acortan (primeros planos), mostrando la diversión despiadada en el rostro de uno y el terror e inseguridad en el del otro.



En cualquier caso, pienso que esta película no hubiese alcanzado su cénit ni verdadera notoriedad de no ser por la presencia impagable de Dirk Bogarde. Este actor inglés siempre se caracterizó por su refinamiento y la belleza física de su juventud, así como por su valentía y talante intelectual, el mismo que deslumbró a un Visconti a veces soberbio, que lo trató siempre como a un igual en los rodajes de algunas de sus más destacadas actuaciones (“La caída de los dioses” o “Muerte en Venecia”).

domingo, 26 de junio de 2011

Godard y los problemas de comunicación



Los desplantes de Godard a la prensa y su público no son una novedad. Basta recordar el Festival de Cannes 2009, cuando se le esperaba como agua de Mayo para la presentación de su “Film Socialisme” y finalmente decidió no acudir el día de antes. Pero analizándolo bien, quizás habría que pensar que se lo puede permitir: es un genio en vida que ya se sabe inmortal. Inevitablemente, quien ha dado obras como “Vivir su vida”, “Pierrot el loco” o “Masculino, Femenino” sobreentiende perfectamente que gracias a sus habilidades y por erigirse como el último estandarte de la Nouvelle Vague tiene perdonado de antemano el jugar al enfant terrible a sus 81 años. Probablemente también, por haber revolucionado el lenguaje cinematográfico junto a otros cineastas europeos cuando en EE.UU. todavía andaban con el manierismo de A. Hitchcock y Douglas Sirk, ya tiene un lugar asegurado en la Historia. Se le recordará siempre por su mítica “Al final de la escapada”, esa peli con la que ellos se enamoraron de Jean Seberg, la mujer con “la nuca más bonita del mundo” tal y como decía su partenaire Jean-Paul Belmondo (el mismo que utilizó el gesto de acariciar sensualmente con el dedo pulgar sus labios y del que el sobrevalorado hombre del anuncio de Martini sólo fue una mera caricatura).



Y si con la mencionada “Al final de la escapada”(1960) los protagonistas son el montaje entrecortado, el humor, París y sus inolvidables personajes; con “El desprecio”(1963) su cine parece haber encontrado un punto de equilibrio entre esos aires nuevos y el anterior clasicismo tan prolífico en U.S.A. En “Le Mépris” se emplean largos planos secuencia que recogen los sinsabores de un matrimonio formado por un dramaturgo metido a guionista, Paul (Michel Piccoli) y su esposa Camille (Brigitte Bardot). Esta última se sentirá aturdida y humillada cuando crea que su marido ha intentado ofrecérsela en bandeja al productor del film que ruedan, el norteamericano Prokosch. En un descanso del rodaje Paul anima a su mujer a que acompañe al productor en su coche a la mansión de éste, donde posteriormente se reunirán todos… sin esperar desde luego, ni siquiera el director (el mismísimo Fritz Lang interpretándose a sí mismo), que su compañero de equipo iba a pretender seducir a Camille. Y ahí está servido el malentendido: una Bardot decepcionada que empieza a creer a su marido tan falso como los decorados en cartón piedra de los estudios Cinecittá de Roma donde han iniciado una nueva versión de “La Odisea”. Y aunque Paul y Camille discuten hasta el infinito, no llegan casi a ninguna conclusión, sólo que a lo mejor, este dramaturgo como un moderno Ulises, no desea reencontrarse con su Penélope porque tal vez tiene otras ambiciones…o no. O quizás resulta que los problemas de comunicación, el orgullo herido y el posterior desprecio ciegan a cualquiera. O quién sabe…En cualquier caso cabe destacar la esplendorosa y siempre presente banda sonora a cargo de Georges Delerue.
Sobra decir que los films realizados por Godard en los últimos años sólo conforman coñazos insoportables con ínfulas pseudointelectuales. A pesar de todo me gusta seguirlo, no sea que entre coñazo y coñazo se le escape alguna nueva obra maestra.

jueves, 16 de junio de 2011

Esos veranos eternos



En 1986, Rob Reiner, realizador que por lo general no es santo de mi devoción, dirigió “Cuenta conmigo”(“Stand by me”). Este filme podría ejemplificar perfectamente un hecho que a menudo sucede con libros como “El principito”: vistos en la infancia se entienden de un modo inocente y sin trascendencia y en la edad adulta cobran un significado mucho más amplio. No sé si movidos por la nostalgia o por el sentimiento de pertenencia a unos años concretos, esta película se ha convertido para muchos en un film bastante digno e interesante para revisar de vez en cuando. Basada en una novela de Stephen King, “Stand by me” cuenta la historia de cuatro adolescentes de doce años que viven en un minúsculo pueblo de Oregón, Castlerock. Todo parece aburrido en el verano de 1959 hasta que este pequeño grupo decide ausentarse un par de días de sus casas para buscar el cadáver de un chico que lleva desaparecido una semana. Pero quizás este argumento pretende ensalzar más que otra cosa la amistad sincera de la infancia, probablemente la más auténtica. El líder indiscutible es Chris Chambers (River Phoenix), un joven maduro, inteligente y con un gran sentido de la justicia, pero condenado directamente al ostracismo por tener un padre alcohólico; el gordito Vern rebosa ingenuidad; Teddy Duchamp es el hijo de un francés demasiado afectado tras haber batallado en la playa de Normandía, motivo éste que le ha llevado a vivir en un manicomio; y Gordie Lachance (uña y carne con Chambers y narrador de estas correrías desde su madurez) representa al bicho raro, creativo autor de cuentos que deleitan a sus compañeros y sufrido hijo de unos padres demasiado ausentes desde la muerte de su hermano mayor. Ninguno se salva, todos viven en familias demasiado quemadas, todos aspiran a huir algún día de su pueblo.



(Spoiler)
Pero hasta el inevitable y trágico hallazgo final, la pandilla entera se retrata en sus conversaciones: Teddy y Vern discuten sobre quién ganaría en una pelea entre Superman y Súper Ratón…y a todas luces ganaría Superman porque “Superman es un tío cachas y Súper Ratón un dibujo animado!!!”; mientras tanto, Gordie y Chris, desde una óptica más realista y doliente, lloran hombro a hombro su incierto futuro y se juran una lealtad casi eterna. Duermen a la intemperie y fuman los cigarros que roban a sus padres…Lógicamente la escapada llega a su fin, y las vidas de cada uno de ellos parecen desligarse con el paso del tiempo. Sólo Gordie Lachance volverá a hacer renacer la historia en forma de novela cuando con el largo pasar de los años lea en un periódico la noticia de la absurda muerte de su gran amigo.
Más adelante Rob Reiner regresaría a la palestra con la edulcorada “Cuando Harry encontró a Sally”, y el malogrado River Phoenix –Chris Chambers- emprendería una meteórica y breve carrera que llegó a su punto álgido con “Mi Idaho privado”. Después, un largo silencio que aún dura, ya que Hollywood se encargaría de borrar la memoria de uno de sus prodigios, quizás por una muerte poco glamurosa. Por falsedad que no sea…

domingo, 22 de mayo de 2011

¿Cuestión de suerte?




“La chica del puente”(1999) es una película de Patrice Leconte que de alguna manera continúa la línea de cine poético dentro de su filmografía, como ya hiciese con “El perfume de Yvonne” o “El marido de la peluquera”. Este film aborda sin duda alguna el azar o las casualidades, inserto todo ello en un marco onírico que se sirve de un tipo de fotografía en un depurado blanco y negro, y del uso de tomas atropelladas de una misma situación desde diferentes perspectivas, quizás para ensalzar el tono delirante de la cinta. Todo comienza cuando Adèle (Vanessa Paradis), una joven inestable y soñadora, decide suicidarse tirándose desde un puente. Ella se cree desafortunada porque nunca nada le ha salido bien, porque espera que suceda un cambio en su destino como por obra y gracia, metafóricamente hablando, de un simple conjuro mágico. Justo entonces aparecerá Gabor (Daniel Auteuil), un lanzador de cuchillos que busca a sus dianas en puentes y tejados, que va a la caza de mujeres que nada tienen que perder y que siempre le han acompañado en sus tretas y argucias de buscavidas alocado. Gabor, un hombre seguro, maduro, irónico, pero también solitario, intentará convencer a Adèle con curiosos trucos, de su desconocida e inexplorada fortuna. De nuevo Auteuil, uno de los más laureados y prolíficos actores franceses de la actualidad, representa al hombre interesante, el del atractivo casual, el resultón de yo-sólo-pasaba-por-aquí.



La tensión sexual entre los dos protagonistas se masca durante todo el metraje, especialmente con la recreación de orgasmos alegóricos cuando Gabor lleva a cabo sus lanzamientos de cuchillos. Pero el personaje de Daniel Auteuil sabe del carácter enamoradizo de Adèle, que constantemente cree haber hallado en cada hombre que le presta atención al “amor de su vida”. A pesar de todo, su vida nómada de artistas errantes dará para encuentros y desencuentros varios en esta atípica película que mezcla con bastante agilidad un ejemplo de drama singular y de cierto toque cómico. A tener muy en cuenta su memorable banda sonora, coronada principalmente por la canción de Marianne Faithfull “Who will take my dreams away”.

domingo, 8 de mayo de 2011

Maternal y sexual



En 1973, después del desencanto del Mayo del 68’ y de la resaca y sacudida creativa que supuso la Nouvelle Vague francesa, Jean Eustache filmó “La mamá y la puta”, película arriesgada donde las haya por su extrema duración -215 minutos- y por el constante debate a lo largo del metraje sobre temas como el amor y las relaciones hombre /mujer, centralizados en la figura de su protagonista, Alexandre -el Jean Pierre Léaud posterior a Antoine Doinel-.
El filme en sí supone una de las grandes perlas de la cinematografía gala y su director, afín al grupo de Cahiers du Cinema, tuvo una vida intensa y corta como su filmografía (se suicidó a los 43 años). El propio cineasta llegó a decir que sus películas eran tan autobiográficas como la ficción le permitía, así que resulta inevitable vincular al personaje principal de “La maman et la putain” con el mismo Eustache. La cinta está rodada en un blanco y negro tan desleído como atractivo, y cuenta la vida del citado Alexandre, un joven sin oficio reconocido ni actividad destacable que vive con su novia Marie, propietaria de una tienda de ropa. Su función principal consiste en buscarse a sí mismo mediante y/o a costa de las mujeres y en montarse una filosofía admirable con la que dice y pontifica todo y nada a la vez, a través de algunos de los diálogos más bellos a veces, e hirientes y certeros otras, que ha dado el cine.
Al comienzo de la historia, el rol de Léaud acudirá en busca de una amiga con la que desea casarse desesperadamente y que de forma inevitable le dará calabazas. Justo en su deambular posterior y sin rumbo, conocerá a una enfermera polaca, Veronike, quien vendría a representar a la “puta” a ojos de Alexandre por su promiscuidad declarada. A su vez, su pareja Marie, consentidora de sus demás escarceos, le espera en casa para prepararle la comida y proporcionarle la seguridad económica que necesita, especialmente para alternar en bares, el único sitio prácticamente en donde se siente capaz de leer.



Estos tres pilares que vertebran el filme –Marie, Alexandre y Veronike- terminarán por conformar un menage á trois doliente en lo que respecta a la primera, y despreocupado en cuanto a los dos últimos, sufrientes sólo a causa de su escepticismo y nihilismo. Escéptico es el personaje de Jean-Pierre Léaud, porque con ironía o devoción considera que el cine está para enseñar a vivir, o que los sastres a medida atribuyen naturalmente a la persona la elegancia consustancial del traje…y así podríamos seguir desgranando su incontrolable verborrea hasta el infinito. Sin embargo, sólo cuando Álex comprenda que la cuerda se tensa demasiado, dejará aflorar la pasión necesaria para llevar a cabo una elección, de esas que regalan algunos de los grandes finales de la Historia del Cine.