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lunes, 31 de diciembre de 2012

Distanciamiento


Si bien en la mayor parte de las biografías se pretende recoger los momentos más interesantes o destacados del personaje de turno, en “El profesor” (“Detachment”, 2011) su director, Tony Kaye, parece haber elegido centrarse e incluso regodearse en lo más dramático de su protagonista, o casi. La historia de Henry Barthes es la de un hombre que conjuga su trabajo de docente suplente que da tumbos de un instituto a otro, con los traumáticos recuerdos de su pasado a modo de flashbacks y con sus concepciones sobre la vida... concepciones éstas y teorías llenas de un dolor punzante que narra a veces él solo mirando a cámara o a alguien que se sitúa fuera de campo.

La trama transcurre en una escuela marginal de Estados Unidos con alumnos, profesores y padres devastados anímicamente. Al inicio del curso un chico se encara con Henry, el rol de Adrien Brody, estrellando su cartera contra la pared. Su respuesta ante ese hecho lo definirá: “Ese bolso no tiene sentimientos. Está vacío. Yo tampoco tengo sentimientos que tú puedas dañar”. Barthes cree no poseer la receta para cambiar nada sobre el sistema educativo, pero en este nuevo centro verá una pequeña luz al ganarse la credibilidad y el respeto de su clase, con sus aciertos y desaciertos.

Además, mediante sus paseos nocturnos por la ciudad y con el rostro derrotado y angustiado de Brody, no resulta difícil hallar una formulación de la soledad tortuosa parecida en parte a la de otra gran película de este año, “Shame”, interpretada de un modo igualmente soberbio por Michael Fassbender.
Poco a poco, ese Henry del inicio, distante e indolente, dará paso a un nuevo hombre en cuyo futuro se vislumbra un hilo de esperanza y entrega, como los cuidados que procurará a una joven prostituta.



A pesar de su innegable calidad, pienso que “Detachment” es un film sólo apto para un día en el que se tenga la suficiente entereza como para resistir su dramatismo y para comprender su sutil mensaje positivo.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Estrenos franceses, cosecha de 2012


Siempre he pensado que la cinematografía francesa era, en términos generales, una de las más destacadas del mundo, o casi. El único problema en España –multiplíquenlo por diez en una ciudad pequeña- reside en que la mayor parte de estos films no se estrena por vías comerciales, si acaso en cines pequeños o especializados en esta línea o directamente en filmotecas. Sin embargo me da la impresión de que este año ha resultado especialmente fructífero para el país vecino, puesto que la lista de películas galas que se ha podido ver en muchas salas se ha alargado bastante y está además compuesta por obras en donde lo comercial y el espíritu crítico quedan convenientemente equilibrados.
Empezamos 2012 con los récords que batió “The artist” en los Oscar al lograr cinco de esos galardones habitualmente tan predecibles. Más tarde y con “Amour” de Michael Haneke continuó el prestigio medido en premios.
En otro orden diría que con “Intocable” se alcanzó una gran conexión con el público, pero desde mi humilde punto de vista, su exceso de buen rollo y su necesidad de complacencia chirrían bastante. La energía y la comedia con reminiscencias teatrales llegaron con “El nombre” (“Le prénom”, Alexandre de la Patellière). Su planteamiento es bien sencillo: un pequeño grupo de familiares y amigos se reúnen para cenar. Uno de ellos revelará como una broma el nombre que le pondrá a su futuro hijo (Adolf) y a partir de ahí las peleas por cuestiones políticas y los trapos sucios personales sacudirán a sus personajes en una velada sin duda “inolvidable” y sin duda también emparentada con la de “Un dios salvaje” de Roman Polanski. La pátina de dulzura y cuento de hadas así como de reivindicación social la obtuvimos con “Las chicas de la sexta planta”, con la presencia española de Carmen Maura, Natalia Verbeke y Lola Dueñas.





“La delicadeza”, dirigida por el autor de la novela en la que se basa, David Foenkinos, despliega su elegancia con la trama de una mujer, Nathalie (Audrey Tautou), que despierta del duelo por la muerte de su pareja fijándose en uno de los subalternos de su empresa, Markus. La pega que representa Markus –atolondrado, raro, torpe, reservado y bondadoso- para el entorno de Nathalie es el hecho de parecer poca cosa. Afortunadamente esta cinta guarda fidelidad a su título y por ello resulta balsámica.



Pero como la realidad se impone, el director grecofrancés Constantin Costa-Gavras ha regresado para poner de relieve la dolorosa situación económica de la Europa actual con “El capital”. Con las maneras de un contador de historias y con el rigor de un profesor ha desarrollado un argumento centrado en el director de un banco (Gad Elmaleh) que representa la desvergüenza y la falta de ética predominante en la mayoría de los altos directivos de estas entidades.



Quizás todos estos films franceses hayan sido los más laureados o publicitados en España, pero aún quedan (me quedan) otros por citar y por ver como “El Skylab” de Julie Delpy o la aclamada “En la casa” de François Ozon.

(*)Fotografía: http://cine-espiritualcoriacaceres.blogspot.com.es

lunes, 5 de noviembre de 2012

Prejuicios cinéfilos


Cuando estaba en la Facultad un profesor me preguntó qué rama de Historia del Arte me interesaba más. Al responderle yo muy ufana que lo mío era el arte contemporáneo sobre todas las cosas, él señaló que para conocer verdaderamente esta etapa de la Historia debía aprender y estudiar muy concienzudamente todo lo anterior, puesto que ahí residían y se originaban los cimientos del mundo actual. Esta obviedad viene al hilo de que en ciertas ocasiones, muchos de nosotros hemos repudiado por prejuicios algunas películas en función de su origen, autoría, temática o género sin dar siquiera una pequeña oportunidad a obras que pueden resultar muy enriquecedoras.
Desde Europa hay quien menosprecia el cine norteamericano casi por extensión, olvidando que esta cinematografía fue, por ejemplo, uno de los componentes que insufló aire fresco a la Nouvelle Vague.

También suelen generar rechazo determinadas personalidades que sin embargo han pasado a la Historia. Uno de estos casos lo hallamos en D.W. Griffith y el racismo implícito de “El nacimiento de una nación”(1915), un film que aportó a pesar de todo notables e incuestionables valores al lenguaje cinematográfico. Por otro lado, Michelangelo Antonioni, el director de la incomunicación, sufrió a menudo el calificativo de aburrido. De todas maneras nadie puede negar que algunas características del autor de “Blow-up” se han convertido en destacados eslabones de la evolución de los códigos narrativos de la Historia del Cine.

En cuanto a temática se refiere, se da quien rechaza de plano la violencia de cintas como “La naranja mecánica”(1971) de Stanley Kubrick o “Perros de paja”(1971) de Sam Peckinpah. Y ciertamente no todo el mundo repara en la destacada reflexión sobre la crueldad que suponen estas obras, mucho más realista y profunda que la que representan la mayoría de los films de acción, bastante más infantiloides.


En lo referente a los géneros encontramos unos cuantos que tienden a padecer más repulsa que otros a grosso modo, tal vez el musical entre ellos, máximo cuando éste no responde a la tradición anglosajona. Tal es el caso de Jacques Demy y algunas de sus obras como “Los paraguas de Cherburgo”(1964) o “Las señoritas de Rochefort”(1967).
Por otro lado, cada vez menos, aunque no siempre, las películas de animación han dejado de estar consideradas como un entretenimiento estrictamente infantil. Y la cuestión reside en que la creatividad, la innovación y la más ferviente imaginación en versión ilustrada o animada no pertenecen en exclusiva a ninguna edad.




De todos modos, y mientras cada uno de nosotros va derribando prejuicios, siempre nos quedará el consuelo de esos clásicos que nos esperan para un primer visionado.

(*“Yellow submarine”(1968), película animada de Georges Dunning).

jueves, 11 de octubre de 2012

La arrogancia honesta


“Aprender a pintar como los genios del Renacimiento me llevó algunos años. Aprender a pintar como un niño me llevó toda la vida”. Creo que esta cita de Pablo Picasso tiene, entre otras cosas, bastante que ver con el argumento de “El manantial”(1949). Se trata sin duda de una película clásica de King Vidor, la siguiente a otra de sus obras maestras, “Duelo al sol”. Además de los evidentes valores que supuso para el lenguaje cinematográfico también nos narra las dificultades existenciales y la perseverancia de su protagonista, Howard Roark (Gary Cooper), por mantenerse fiel en su labor de arquitecto a sus principios estéticos vanguardistas, diametralmente opuestos a los que operaban en la época. De un modo bastante cínico los constructores arguyen, en alusión a la aportación de la innovación arquitectónica, que es el individuo el que debe someterse a la colectividad y a la Humanidad con el objetivo de darles lo que quieren y lograr de ese modo su satisfacción –obviamente por mantener al pueblo adocenado ante lo ya conocido… Plena actualidad-.

Pero la insistencia le traerá a este personaje principal su recompensa y en ello tendrá algo que ver Dominique Francon (Patricia Neal), la bella hija de un ricachón -entendida, sensible y decepcionada- que colabora como crítica de arte en el sensacionalista diario “The Banner”. Cuando ella aparece por primera vez ante Howard Roark, que entonces trabajaba como peón de obra para subsistir, se nos presenta en una altura superior, recurso que sin duda confiere grandeza a su figura; (SPOILER) mientras que al final será él, transformado en un arquitecto insigne, quien cierre el film encuadrado en un elocuente contrapicado (SPOILER).


Basado en una novela y guión de Ayn Rand, el film muestra muchos planos de edificios que se asemejan bastante a obras de Frank Lloyd Wright -La casa Robie o el Museo Guggenheim de Nueva York, por ejemplo-, el gran arquitecto estadounidense del siglo XX. No se trata de una casualidad, sino de un acercamiento formal puesto que Wright se había negado a colaborar a este respecto en la cinta.



Lo destacado del filme a nivel de contenido, reside a mi juicio, en la defensa de la impronta original del artista y en su propia e inviolable dignidad, características muy necesarias aún en un mundo que a veces abusa de revivals o “versiones de”. Además, tal y como proclama el protagonista “el creador se mantiene firme en sus convicciones y el parásito sigue las opiniones de los demás”.


martes, 2 de octubre de 2012

Una Blancanieves castiza


Esta versión libre de Blancanieves ha sido probablemente la más sincera de las tres que se han estrenado este año -las otras: “Blancanieves y la leyenda del cazador” y “Blancanieves (Mirror,mirror)”-. Su tráiler promocional ya nos advierte…”Nunca antes te contaron el cuento así…”. Las referencias parecen diversas, desde lo cinematográfico, lo plástico, lo literario hasta la alusión evidente al folclore andaluz, desprovisto éste de prejuicios y tratado con la elegancia, el humor y el misterio de un Pablo Berger (“Torremolinos 73”, 2003) que se revela como un gran creador dotado de un universo propio e incuestionable.
Aquí la heroína del mítico cuento gótico se llama en realidad Carmen y es hija de una cantante de copla y de un diestro, Antonio Villalta –el aparente típico/tópico-. Entrañable e ingenua, el devenir de la vida le procurará a nuestra protagonista bastante dolor, una malvada madrastra, cómo no –Maribel Verdú- y un inesperado futuro también como torera…

A mi juicio hay tres partes claramente diferenciadas. Por un lado el inicio y fragmento de la trama en el que Blancanieves convive con su abuela (Ángela Molina): ahí está lo folclórico retratado en esa plaza de toros repleta y vibrante con elementos como los mantones, los abanicos que se agitan, los trajes de luces y el barullo a la manera de las obras legendarias de Mariano Fortuny; y además lo característico de la mujer andaluza de antaño y el aire poderoso al estilo Romero de Torres. Sin embargo, a pesar de tratarse de un film rodado en blanco y negro y mudo, de ninguna manera todo el brío, el colorido y la jarana propias de lo anteriormente descrito se nos antoja ahogado o falto de intensidad.



En otra parte del metraje Blancanieves se traslada al cortijo de su padre y su madrastra, donde ésta última le obliga a trabajos impropios para una niña y al encierro en un cuchitril insalubre, ajeno al resto de la opulenta casa. Un encierro agotador y una casa oscura que retrotraen respectivamente a conceptos lorquianos y a una estética gótica. Observamos a veces planos muy oníricos y otros planos-detalle que remiten por la desvirtualización de la imagen al surrealismo de Buñuel.

Por último accedemos al final: Carmen ya es mayor y aparecen los famosos enanitos al modo de ese antiguo espectáculo de los enanos toreros, con los que inicia una carrera artística. Y estos hombres se muestran por su condición como condenados al ostracismo, con el destino único de servir para hacer reír a los espectadores más burdos. Evidentemente aquí hay un paralelismo con la fantástica cinta de Tod Browning “Freaks”(1932).

Definitivamente, creo que se advierte constantemente en esta ”Blancanieves” una presencia de la estética trágica, la de la plaza de toros, la de la desgracia de los enanos excluidos y humillados y la de la propia protagonista. Mención aparte merecen las interpretaciones de Macarena García (Blancanieves) y Daniel Giménez Cacho (padre), así como el ritmo ágil y el muy solvente y apasionado trabajo de su director. En cualquier caso este filme resulta muy sentido, toca la fibra sensible dentro de un imaginario muy rico y, planteamientos y formas aparte, resiste dignamente cualquier absurda comparación con “The artist”.

Enlace recomendado: reportaje del programa Días de Cine sobre esta película. http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/dias-cine-blancanieves/1537994/

Fotografía extraída de la página: http://www.trailersyestrenos.es

martes, 4 de septiembre de 2012

¿Para qué sirve el cine?


Si nos preguntamos para qué sirve el cine, tal vez la cuestión primera residiría, en mi opinión, en qué es el arte y por ende qué utilidad tiene. Las definiciones que se han dado resultan muy variadas, aunque me parece indiscutible aquello de que “el arte nos hace humanos” y que de algún modo cada civilización o estilo retratan una época determinada. Y a pesar de que el cine ha sido la última gran disciplina artística en llegar, y a pesar también de que en la actualidad se emprende una cierta y errática crítica contra lo audiovisual como si por extensión estuviese reñido con lo plástico o literario, no podemos negar que a día de hoy para muchos de nosotros existen multitud de obras cinematográficas que forman parte de nuestro imaginario sentimental.
El cine como arte -que no como industria- nos ha alimentado espiritualmente muchas veces a base de películas de grandes pensadores contemporáneos que eligieron o han elegido esta vía de expresión.
Creo necesario recordar todo esto en el momento presente en el que las salas están cada vez más vacías, en el que como consecuencia se cierran cada vez más esos cines de siempre y en el que se relega la exhibición de films a los multicines de los centros comerciales.

A pesar de todo, como espectadores nos definimos y construimos de algún modo según nuestras preferencias: éstas nos marcan y nos impactan tanto como un buen libro, porque el arte cinematográfico supone además ese continente donde se agitan las más variadas influencias culturales. Así pues, no se trata sólo de evasión y palomitas.

Y por poner ejemplos de la conexión entre el cinéfilo y el filme me voy a referir a “Vivir su vida”(1962) de Jean-Luc Godard. En una escena en el cine, la protagonista (Anna Karina) parece sentir una tremenda empatía ante la pena de muerte de un personaje tan extemporáneo para ella como Juana de Arco –se muestra la versión de C.T. Dreyer-. Sus ojos expresivos se entornan y se llenan de lágrimas, y en ese momento todos somos Anna Karina.


Otro notable ejemplo como el anterior lo hallamos en “Cinema Paradiso”(1988) de Giuseppe Tornatore. Esta historia relata la amistad entre Totó, un niño aficionado al séptimo arte, y Alfredo, el operador de un cine en un pequeño pueblo italiano. Ambos han de sufrir con mal humor la censura del sacerdote que en plena posguerra ordena cortar todos aquellos planos que contengan un mínimo de sensualidad. (Spoiler) Pasados los años, Salvatore –Totó- se ha convertido en un reputado director y regresa a su villa natal para asistir al funeral de su gran amigo, el mismo que le ha legado lo que otrora nadie pudo ver. Así cuando lo contemplamos visionando la cinta de algunos besos míticos, todos somos también ese Salvatore feliz y a la vez emocionado que tampoco puede contener las lágrimas (fin de spoiler).



En definitiva, está claro que el cine forma parte de nuestra identidad cultural, de nuestro imaginario y de nuestras referencias y emociones. Sin él la Historia del Arte contemporáneo sería infinitamente más pobre... y nosotros también.

viernes, 3 de agosto de 2012

El pasado en un baúl


Si hay algo que define la filmografía de Luchino Visconti es su apuesta por la estética y las pasiones. En la mayor parte de sus films gana lo primero, pero por fortuna en “Sandra” (“Vague stelle dell’Orsa”), encontramos a un sorprendente Visconti que parece desbocado y a veces asilvestrado en su expresión de los sentimientos tortuosos y sensuales. Así lo intuimos en esta simbólica película en sus comienzos, con el viaje de un matrimonio hacia la ciudad de origen de la esposa. La cámara retrata con un carácter violento, vertiginoso y veloz las carreteras y los túneles que ambos transitan, anticipo probable de la historia que nos va a mostrar –el realizador usa profusamente el zoom, al igual que haría posteriormente en “La caída de los dioses”-. Ella está interpretada por Claudia Cardinale en un papel que sin duda le viene grande. Sin embargo, preguntado el director milanés por este último detalle, respondió que su elección por esta actriz no se debía a su categoría dramática sino a su belleza animal, condición totalmente necesaria para su personaje.

Sandra (Cardinale) es una hermosa mujer de la alta sociedad casada con un médico americano, Andrew Dawson (Michael Craig), que retorna a su localidad natal, Volterra, después de veinte años para asistir a un homenaje que se le va a realizar a su padre, fallecido en la segunda guerra mundial tiempo atrás. Pero Volterra significa mucho más: es el pasado de la protagonista; es la ciudad de provincias y de ruinas donde ejerció con mayor intensidad su esencia de “diva” trágica, sensual y atormentada; es el lugar común con su hermano Gianni (Jean Sorel) con el que mantuvo una relación incestuosa; es el enfermizo vínculo con su madre y su padrastro y además, es también esa parte de la vida de Sandra que su marido Andrew desea conocer.



No por casualidad hay mucho que esconder. Tampoco resulta extraño que al llegar a la enorme casa familiar Andrew diga sorprendido “Esta casa es como un museo”. Porque como en un museo todo parece inerte y detenido en el tiempo, como los secretos enquistados de un clan enfrentado entre sus propios miembros por inimaginables, destructivos y aparentes juegos.

Pero el retorno a Volterra implica sobre todo el inesperado reencuentro de Sandra con Gianni, quien le explica que ha tenido que vender diversas obras de arte y antigüedades de la herencia familiar para subsistir en su trabajo en Londres como escritor y periodista. Y al igual que Gianni va desmantelando algunos elementos valiosos de la casa, los enigmas de tiempos pasados se van desvelando a lo largo del metraje a los ojos de Andrew, ese amantísimo y paciente esposo. A pesar de todo, y como en toda tragedia de raigambre clásica que se precie, alguien tiene que pagar sus excesos para que las cosas recobren cierto orden.




Una vez más Luchino Visconti escribió el guión mano a mano con Suso Cecchi d’Amico. Asimismo, “Vague Stelle dell’Orsa” nos regala una fotografía misteriosa y fantasmal totalmente acorde con la trama, la del filme probablemente más olvidado de su autor.

jueves, 12 de julio de 2012

Una cara con ángel V: Jean-Pierre Léaud

Jean-Pierre Léaud (París, 1944) es un actor francés que nació en el seno de una familia de intérpretes y que gracias a su papel protagonista en “Los cuatrocientos golpes” alcanzó el reconocimiento mundial. A los ojos de la mayoría de los espectadores permanecerá eternamente como el trasunto cinematográfico del inefable François Truffaut. Y precisamente con Truffaut, hijo adoptivo del crítico André Bazin (autor de “¿Qué es el cine?”) y con el grupo que constituía la publicación Cahiers du Cinema, tuvo lugar el advenimiento de la Nouvelle Vague francesa, que a finales de los años cincuenta presentó una nueva forma de narración fílmica con un fluido y novedoso montaje, con el uso frecuente de la cámara al hombro y con la implantación de temáticas más frescas, acaso singularmente influenciadas por las cintas americanas. Leáud no sólo personificó con Truffaut a Antoine Doinel, también lo vemos, por ejemplo, en “Las dos inglesas y el amor” (1971).



Y es que el rol de Doinel dio para mucho, para films como “Antoine y Colettte”(1962), “Besos robados”(1968), “Domicilio conyugal”(1970) y “El amor en fuga”(1979). Personalmente creo que de algún modo Truffaut debía a su público una continuación de la vida de aquel adolescente rebelde que convive con una madre que no lo quiere demasiado y con su padrastro; un joven de doce años que se escapa de clase para ir al cine, su gran pasión junto con la lectura, hasta terminar recalando en una especie de reformatorio... Y de allí también huye, porque los planes de Antoine a corto plazo –aparte de “hacer su vida”- residen en ver el mar y en hallar la libertad.
En los últimos minutos de “Los 400 golpes” apreciamos la fuga del protagonista, que en una larga secuencia corre hasta llegar al mar donde moja sus pies asombrado y se vuelve hacia la cámara mirando fijamente al objetivo (he aquí una ruptura con las normas del cine tradicional). Entonces Antoine Doinel, con sus ojos, parece interpelar al espectador: ya ha conseguido lo que quería, pero…¿y ahora qué?



En su vida adulta se nos presenta a veces como un hombre confundido en constante búsqueda de sí mismo, a la par que como un filósofo de lo cotidiano sin dramatismos y con un peculiar sentido del humor. Para el público en general este personaje siempre resultará universal, un espejo en el que muchos podrán mirarse a pesar de que pasen los años.

(Enlace a una entrevista realizada por Días de Cine a Jean-Pierre Léaud en 2011: http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/dias-cine-entrevista-jean-pierre-leaud/1074937/ ).


domingo, 1 de julio de 2012

Ni Penélope ni Ulises


En 1957 Luchino Visconti estrenó “Noches Blancas”, película basada en una novela de Fedor Dostoievski. Durante un tiempo había permanecido este director sin realizar ninguna incursión cinematográfica, en parte por la crisis económica que sufría el cine italiano y en parte también porque Visconti era poco dado a emprender films de encargo, puesto que también se dedicaba a la dirección teatral y operística. En su época y debido a que entonces la filmografía de este milanés parecía poco definida, se consideró a la presente obra como menor.

La trama cuenta la historia de un oficinista, Mario (Marcello Mastroianni) que recala en una ciudad innominada y desconocida para él por motivos de trabajo. Allí conocerá a Natalia (María Schell), una joven ingenua y soñadora con la que pasará cuatro noches plenas de acontecimientos. Poco a poco, ella, que vive junto a su abuela en la pensión que poseen, le explicará que acude todos los días desde hace un año a ese lugar a la espera de un antiguo inquilino (Jean Marais) con el que tuvo una breve relación, un inquilino al que apenas conoce, con el que casi no hubo nada carnalmente hablando, del que no sabe su paradero, un inquilino que le pidió que lo esperase con la promesa de que volvería a por ella…. Y esas escenas de confidencias se unen mediante magistrales panorámicas perfectamente hilvanadas con los flashblacks que aluden a su narración.

Desde el punto de vista técnico, uno de los elementos más loables de este filme se halla en su fotografía enormemente intimista. Ésta cobra su mayor esplendor en las escenas más álgidas de la historia, a las que Visconti se encargaría de dotar de un ambiente de ensueño a través de una nebulosa que generó colgando enormes e imperceptibles lienzos de tul blanco sobre los edificios desvencijados de las calles, las mismas que reprodujo en los estudios Cinecittá de Roma pretendiendo recrear la pequeña localidad de Livorno.



(Spoiler)Y ese clima de ensueño no se antoja casual, porque el propio personaje de Mastroianni que se va enamorando de Natalia, se despierta a veces sin poder distinguir si lo que ha vivido la noche anterior es una locura, sueño o realidad que se le escapa. En cualquier caso él pretende convencerla a ella de la estupidez que entraña su espera, de lo absurdo de su actitud. Y sí, Mario, aunque por pocas horas consigue que Natalia se olvide del inquilino y acepte su amor, y Natalia le pide paciencia para aprender a amarlo…Sólo hasta que casi al amanecer y paseando ambos entre la nieve ella ve a lo lejos una figura que se recorta mientras corre y grita “!Es él, es él!”. Así Mario derrotado se aleja asumiendo lo cierto del relato de su amiga (fin de spoiler).


Aquel año “Noches blancas” tuvo que conformarse con el León de Plata del Festival de Venecia. En cualquier caso, y pasadas décadas desde ese 1957, no queda sino reconocer que el arte de Luchino Visconti fue especialmente insólito, puesto que no tuvo más maestros que su misma vida ni más discípulos que sus propios espectadores.

viernes, 1 de junio de 2012

"Mabel no está loca. Es rara".


John Cassavetes, uno de los directores rupturistas e independientes por antonomasia en Norteamérica, dirigió en 1974 “Una mujer bajo la influencia”. La película sufrió numerosos inconvenientes para lograr su distribución y comprensión, inconvenientes estos que hallaron su solución cuando fue presentada con merecido éxito en el Festival de Cine de Nueva York. Míticas resultan ya las actuaciones que sostenían principalmente la historia, esto es, las de Peter Falk (“Colombo” para los amigos) y Gena Rowlands. Parece bastante llamativo el caso de Falk, que acabó más que harto de Cassavetes tras su interpretación en otro de sus anteriores films, “Husbands”, y que después de comprender finalmente el modus operandi del realizador se postuló para el rol de “A woman under the influence”. Por ello John Cassavetes ha pasado a la Historia como el director de la improvisación, aunque en realidad ésta se centraba sólo en dar gran libertad a los actores puesto que sí existía un guión al contrario de lo que algunos señalaban.

La cinta nos narra las desventuras de un obrero, Nick, y su esposa Mabel, que padece ciertos desequilibrios mentales. Aunque Nick procura a su manera todo lo mejor para su mujer, también ha de lidiar con su castradora madre, que convive con ellos, y con sus tres hijos. Y a pesar de la bienintencionada actitud del protagonista para ayudar a su pareja, sus acciones resultan generalmente torpes, emparentándose a veces por lo disparatado con las del personaje de Rowlands (Mabel). Incluso diría que algo tan sencillo como el estrabismo de Peter Falk (Nick) pudo contribuir a construir su papel.


La trama hubiese constituido algo simple y melodramático en manos de otro autor, pero con Cassavetes cobró una destacada singularidad por el pulso nervioso de los movimientos de cámara y planos cuya intensidad va in crescendo a medida que avanza el metraje. Especialmente veloces, vibrantes, atropellados e incluso desenfocados se muestran estos en el punto álgido del filme, cuando Mabel regresa a casa tras seis meses de internamiento en un psiquiátrico.
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Aunque “Una mujer bajo la influencia” tuvo unos comienzos difíciles hoy muchos no dudan de que su carácter magistral le otorga el reconocimiento de película de culto, el de una película brillante a nivel formal y de contenido.





martes, 29 de mayo de 2012

Una cara con ángel (lV)

Si se trata de escoger a la actriz europea por excelencia, la grande entre las grandes de la actualidad, creo que muchos nos decantaríamos por Isabelle Huppert (París, 1953). Tal vez lo mejor que se puede decir de ella es que es casi un género en sí misma y que resultaría más sencillo citar a los grandes directores con los que no ha trabajado que al revés. Su intuición se muestra arrolladora para elegir papeles, ya que según explica "por mucho que nos esforcemos en hacerlo creíble, un personaje nunca existe, mientras que las personas somos reales. A mi entender, lo más interesante que puede hacer el cine es poner a circular la realidad. Solo lo que tiene un fundamento real alcanza al espectador. No hace falta que yo haya vivido la experiencia de mi personaje, pero es necesario que tenga cabida en mi imaginario. Sigo creyendo que actuar consiste en hacer aparecer en la pantalla una parte invisible de una misma”.


domingo, 29 de abril de 2012

Amor con humor


Tanto en el cine de antaño como en el actual –especialmente en el estadounidense-, muchas de las películas que abordan relaciones amorosas tienden a provocar estrepitosas subidas de azúcar, bien por un exceso de empalago o por la conformación de dramas enrevesados y cursis de esos que destrozan la vida “para siempre”. No creo que sea el caso de los siguientes films.

En 1960, René Clement dirigió “¡Qué alegría vivir!”, cinta que soportaría la alargada sombra de la anterior de este director, “A pleno sol”, primera adaptación cinematográfica de la novela de Patricia Highsmith “El talento de Mr. Ripley”. En el filme que nos ocupa, dos jóvenes acaban de terminar el servicio militar en una Italia totalmente efervescente políticamente en plenos años 20’. Ambos empezarán a trabajar para un grupo fascista con el único objetivo de percibir un sueldo, aunque sin ostentar ideología política al respecto. Pronto uno de ellos, Ulises (Alain Delon), se pasará al bando anarquista y obtendrá un nuevo empleo en una tipografía para estar al lado de Franca, la hija de una familia de revolucionarios muy curiosa y alocada.
Rodada en blanco y negro y con una trama algo atropellada en ocasiones, con ella Clément nos habla de cómo el afán de poder de algunas organizaciones, independientemente de la doctrina que profesen, es capaz de olvidar fácilmente sus valores y consignas aprovechándose de la inocencia y el arrojo de uno de sus ingenuos integrantes. A pesar de ello, qué duda cabe de que estamos ante una de esas rotundas comedias a la italiana con un leve pero soportable toque de drama.


Dando un generoso salto en el tiempo llegamos a “Beginners”(2011) de Mike Mills, protagonizada por Ewan McGregor y por un merecidamente multipremiado Christopher Plummer. Si en “¡Qué alegría vivir!” los sinsabores que acechan a la pareja proceden del exterior de la relación, en “Beginners” sucede todo lo contrario, puesto que el argumento se centra en una típica sociedad incomunicada e individualista de la actualidad. La película nos narra la historia de amor de Oliver (McGregor) y Anna (Mélanie Laurent), dos personajes complejos y solitarios en pleno proceso de madurez. Pero todo el metraje está jalonado por flashbacks en los que Oliver recuerda, por un lado, su desconcertante infancia con unos progenitores a veces ausentes y otras disparatados, y por otra parte, cómo su padre tras fallecer su madre, le desvela y vive plenamente su homosexualidad.

A pesar de que en principio pudiera parecer un cuento edulcorado con pretensiones muy comerciales, poco a poco nos damos cuenta de que se trata de un relato en el que dos personas pretenden establecer, con sus torpezas, un vínculo serio sorteando a su manera las adversidades que los rodean.

miércoles, 18 de abril de 2012

Una cara con ángel (lll)

Daniel Auteuil (Argelia, 1950) es un actor francés bastante poliédrico en sus interpretaciones, muy distintas entre ellas pero igualmente solventes. Su carácter carismático y versátil lo ha llevado a lo largo de su carrera a escoger, con un impecable olfato, unos excelentes papeles, casi siempre con algunos de los más reputados directores europeos: Claude Berri, André Téchiné, Michael Haneke, Patrice Leconte, ect. Quizás por ello nos resulta en ocasiones tan intrigante (“Un corazón en invierno”, “La chica del puente”) y en otras tan cercano (“Pintar o hacer el amor”, “Mi mejor amigo”). Tal vez no parezca el más deseable en un primer golpe de vista, pero qué duda cabe de que es un intérprete extrañamente seductor y uno de los más interesantes y prolíficos actualmente en Francia.

domingo, 1 de abril de 2012

La pasión cinéfila de Scorsese


“La invención de Hugo”(2011) de Martin Scorsese -cuyo título original es simplemente “Hugo”- me pareció hace semanas una de las películas más emocionantes que he visto últimamente.
Muchos han objetado a su director haberse traicionado a sí mismo por diferir de la línea de contenido que habitualmente muestran sus obras (“Taxi driver”, “Goodfellas”, “Toro salvaje”, ect.). Pero lo curioso reside en que esta cinta basada en un cuento de Brian Selznick, llevaba tiempo rondando la mente de Scorsese, y éste a su vez se ha servido del citado texto para ahondar en su amor por el cine...¿Quién no recuerda esas ocasiones irrepetibles en las que hemos accedido a determinados clásicos por primera vez con la estupefacción y la sorpresa de una mirada infantil?

(SPOILER). El film relata la historia de un niño (Asa Butterfield) huérfano y solitario que, decidido a no terminar con sus huesos en un orfanato, continúa la labor de relojero de su fallecido padre (Jude Law) en una estación de tren de París, ocultándose, engañando y robando para poder subsistir, pero sobre todo alimentando sus pasiones y esperanzas mediante la invención de objetos mecánicos plasmados en su inseparable cuaderno. Allí conocerá fundamentalmente a dos personas: el dueño de una juguetería en la que comete diversos hurtos, y a otra niña, quizás tan o más inquieta y excéntrica que él. Pero Hugo, en el intento de arreglar un autómata -único legado del personaje de Law- caminará en el devenir de su destino hasta su propio descubrimiento del cine (FIN DE SPOILER).


Así, lo que en esencia nos narra esta película, es cómo Hugo, mediante el empeño en desarrollar aquello para lo que ha sido llamado y mediante la propia búsqueda de sí mismo, logra encontrar el lugar que por justicia le corresponde en el mundo…a él, y a una de las personas que más admira.
A pesar de todo que nadie se lleve a engaño con “La invención de Hugo”, porque creo que no se trata de un film infantil si deseamos comprenderlo en toda su dimensión.


viernes, 23 de marzo de 2012

¿Qué ves?



En 1966 Michelangelo Antonioni dirigió “Blow-up”, una de sus películas más exitosas a nivel de crítica y público. Este film fue un gran punto de inflexión en la carrera de este realizador que, a diferencia de sus contemporáneos, no se adscribió totalmente a la tendencia del neorrealismo italiano que imperaba en aquel momento. Una vez más abordó aquí, mediante distintas fórmulas, el concepto de la incomunicación humana que tanto le interesó. Después de haber rodado cintas como “La aventura” o “El eclipse”, se sumergió en este filme ambientado en el Londres de la psicodelia, de la liberación sexual y de una nueva efervescencia cultural, y en el que podemos ver encarnando un polémico desnudo a una joven Jane Birkin, la misma que estaría llamada a ser más tarde el gran icono del chic francés.

(Spoiler). Pero en “Blow-up” también se encierra una enorme complejidad, ya que narra la historia de un fotógrafo de moda que paseando por un parque cree haber captado las instantáneas de un asesinato. Su protagonista (David Hemmings) descubre su hallazgo al revelar las fotos e incluso encuentra el cadáver que después desaparece misteriosamente. Así pues, hay muerte y cuerpo…¿o no? ¿Hay crimen? Quizás sí o quizás no, o quizás Antonioni quiere demostrarnos mediante este fotógrafo tan seductor, angustiado e intrigado, que ese personaje con su cámara es tan vouyeur como el propio espectador. O tal vez pretende hacernos comprender que siendo capaz de crear una película tan hipnótica el final ni siquiera necesita ser concluyente.



Pero el rol de Hemmings se encuentra a lo largo del metraje, especialmente al final, con un grupo de peculiares mimos que, a modo de coro -mudo- al estilo del antiguo teatro griego, nos invitan a reflexionar sobre lo cierto y lo incierto, la realidad y la subjetividad, mientras juegan un ficticio partido de tenis sin pelotas ni raquetas… todo ello para dejar al protagonista, al término, en una plano que capta su rostro tan o más confuso que al principio (fin de spoiler).
Además cabe señalar que el guión de este film, basado en el relato “Las babas del diablo” de Julio Cortázar, se realizó mano a mano entre el propio Antonioni y el recientemente fallecido Tonino Guerra. Guerra, guionista tocado por lo poético, trabajó ejemplarmente en muchas de las más insignes películas del cine europeo, entre ellas “Amarcord” o “El eclipse”.



http://www.youtube.com/watch?v=4TYyhRbQBgs&feature=related (escena final-partido de tenis).

lunes, 19 de marzo de 2012

Una cara con ángel (ll)

Romain Duris (París, 1974) fue descubierto por Cédric Klapisch para el cine. A pesar de no resultar un actor vocacional en sus inicios, realizó para el anterior películas como “L’auberge espagnole” (“Una casa de locos”, 2002); su secuela, “Las muñecas rusas” (2005) o “París” (2008), donde compartió protagonismo con Juliette Binoche. Sin embargo, su papel más reconocido, visceral y soberbio lo interpretó en “De latir, mi corazón se ha parado”, segundo film del laureado director Jacques Audiard.

lunes, 5 de marzo de 2012

Una cara con ángel (l)

“Una cara con ángel” no es sólo el título de aquella adorable película de Stanley Donen protagonizada por Audrey Hepburn. También podríamos catalogar así a infinidad de actores y actrices que sin resultar necesariamente guapos según los cánones al uso, hacen que reparemos en ellos por la singularidad de su atractivo. De este modo me gustaría iniciar una serie de vídeos cortos elaborados por mí misma para recordar a todas esas estrellas o personajes cinematográficos que por un motivo u otro nos robaron el corazón en algún momento. Para empezar, Jeremy Irons.

sábado, 25 de febrero de 2012

El árbol (de la vida)



En 2010 Julie Bertuccelli dirigió el film “El árbol”, basado en una novela de Judy Pascoe, “Padre nuestro que estás en el árbol”. Como en muchas disciplinas artísticas, incluida el cine, se utiliza el concepto del árbol de la vida aludiendo a los orígenes de la existencia y a sus raíces como determinante fundamental en el devenir vital. La película está protagonizada por una siempre convincente y elegante Charlotte Gainsbourg, que en esta ocasión encarna a una mujer ama de casa y madre de cuatro hijos que tendrá que recomponer su presente y futuro tras la repentina muerte de su marido. Con la clara intención de evitar cualquier actitud dramática o lacrimógena, esta cinta explica, a veces con sentido del humor, cómo ciertas tragedias pueden actuar como una especie de purgante para iniciar una nueva etapa.
(Spoiler). El árbol –que se sitúa justo al lado de la vivienda familiar- no solamente figura como el nombre de la historia, sino que ejerce en el filme como otro personaje vertebral y aún más metafórico: la hija pequeña de Dawn (Gainsbourg), comenzará a sentir la voz de su padre al trepar por sus ramas, y a su vez las raíces ocasionarán serios problemas en la estructura de la casa. Así, a la par que los tres hijos varones de Dawn hallan un nuevo camino cada uno a su modo, la pequeña Simone se aferrará y obsesionará con un recuerdo irreversible…sólo hasta que la propia naturaleza decida eliminar el elemento que la une a él (fin de spoiler).



Pudiendo haber utilizado su directora localizaciones en Francia, su país de origen, observamos que no por casualidad ha usado finalmente los parajes naturales de una Australia casi salvaje –los que retrata la novela-. En cualquier caso, creo que se demuestra que prácticamente cualquier película en la que participa Charlotte Gainsbourg merece la pena.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Artistas de pocas palabras



Sobre “The artist” (2011) ya se han escrito ríos de tinta, y más que se escribirán con la próxima celebración de los Óscars, premios que a muchos dejaron de interesarnos hace tiempo. Aunque eso sí, no pongo en duda que este año el duelo a la mejor interpretación masculina que parece librarse entre George Clooney por “Los descendientes” y Jean Dujardin por el presente film, resultará bastante morboso, sobre todo porque este último –un actor recién llegado como quien dice, al mundo del estrellato- representa todo lo que Clooney ha deseado trasmitir a lo largo de su carrera: la presencia imponente del galán clásico, carisma, seducción, un amplio registro, versatilidad, y una simpatía natural que encandila – todo ello sin necesidad de aludir a cerdos vietnamitas ni a novias siliconadas-.

Por otra parte y aunque sólo sea en esencia, creo que Michel Hazanavicius ha logrado un triple salto mortal como ya hiciera este verano J.J. Abrams con “Súper 8”: esto es, homenajear -que no copiar- y digerir perfectamente ciertas películas de antaño. Obviamente en “The artist” los guiños a otros filmes pueden hallarse por doquier, porque no olvidemos que esta película francesa explica una trama en la que se ponen en juego las dificultades que pudo ocasionar el tránsito del cine mudo al sonoro (ahí y al final está “Cantando bajo la lluvia”) centradas en el personaje estelar de Georges Valentin  y en la nueva y enamorada actriz Peppy Miller. Así, mientras Valentin se niega a aceptar los nuevos códigos del cine hasta caer ¿quizás? en el olvido, Miller representa a la mujer que sabe integrarse en su tiempo erigiéndose casi en una imprescindible de la cinematografía del Hollywood que retrata la cinta.



Sin embargo, “The artist”, a pesar de reflejar con mucho mimo parte de la iconografía de los años 30’, tiene algunos elementos que la acercan al presente: por un lado el ritmo narrativo, que si bien no supone el habitual de muchos films postmodernos, tampoco se aleja tanto del cine actual; y por otro (SPOILER ) el hecho de que la heroína redentora de esta historia muda sea ella y no él, tal y como antes nos tenían acostumbrados (FIN DE SPOILER). En cualquier caso, sobra decir que como a muchos, me parece absolutamente recomendable.